Un poco de Madrid (en viaje de trabajo)

Desde el aire todo parece más pequeño y más ordenado. La desgracia del accidente del avión de Spanair no. A mí me ha parecido igual de dramática, igual de terrible, igual de dolorosa, igual de incomprensible. Queda en tierra una mancha negra enmarcada por el río y la pista, que pega a los cristales de los aviones que aterrizan y despegan caras de morbo y un punto de terror. Mi compañero de asiento, después de mirar, hizo una mueca que decía vaya putada, que yo respondí con la resignación de otra que fue un pues sí. Luego, cinturón fuera, pasillo estrecho, compartimento abierto, maleta abajo y a la terminal. Y a contar que vimos desde arriba los estragos de la catástrofe, que siempre nos hace más cómplices y como más sensibles.

Parece mentira que todavía haya gente que no sepa cuántas cosas no se pueden meter en un avión. Las lista es tan larga que sería más fácil hacer una de lo que sí se puede: la tarjeta de embarque siempre, y tú a lo mejor. Un par de señores de traje detrás de mí, a un abuelo inglés le abrieron la maleta en el control de Parayas. El guardia rebuscó entre la ropa hasta que dió con el objeto prohibido: ¡¡¡unas tijeras de un codo de largo, de las que usan las costureras!!! Se quedó sin ellas, por supuesto. No había lugar a la transacción, aunque bien es verdad que el pasajero ni lo intentó. Parecía obvio que el artefacto no tenía cabida en la cabina. Otro par de viajeros perdieron sus botes de dos litros de espuma de afeitar o de cuatro de colonia -qué amaños, les tienen que durar meses-. Los vigilantes lo tiran muy ceremoniosamente a un cubo grande, supongo que para evitar que cunda la creencia de que cada noche se van a su casa con completísimos lotes de droguería y perfumería. Nada que me extrañaría, de todos modos, en un país donde el “coge, coge, que es gratis” o se ejecuta o se piensa que se ejecuta.

En el hotel he pagado la primada de ser de provincias. Me tocó la habitación 417. Subí en el ascensor que supuse era el que me habían indicado en recepción -hablan muy bajito, y señalan con el brazo pegado al cuerpo, como sin querer molestar haciendo muchos aspavientos-. Subí, me apeé, leí la dirección a tomar, y después de caminar en redondo 360 grados, regresé al mismo punto, justo en cuyo frente estaba la habitación 417. Los árboles (el cartel de hacia dónde ir) no me dejaron ver el bosque (mi habitación, que a la derecha de la puerta tenía puesto el cartel). En compensación por la caminata, y de pura rabia, me he llevado los geles que no he usado, el peine y el bolígrafo de cortesía. En el hotel habrán creído que ha sido por avaricia, como siempre, y les habrá importado un pimiento, que ya va en el precio. Pero cuando yo los use (no sé cuándo, ni en que orden considerando el cajón del baño que tengo lleno de los de otros viajes) me sabrán a venganza.

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: