El reality adolescente

Están dando en La Sexta un reality super-divertido, con un chico y dos chicas que buscan algo en lo que trabajar después de que sus familias los hayan echado de casa por vagos. “De patitas en la calle” se titula el programa. Los tres elementos no han pegado un palo al agua en su vida, y se les nota un huevo. Fantasías tienen todas, ganas muchas menos, y arte ninguno para nada. Me parto de risa con ellos. Lo mejor de todo ha sido el número con la lavadora, que alcanzaron a poner en marcha después de muchas vueltas, usando lavavajillas para poder devolver color y olor a limpio a una toalla de manos. Una traca.

No sé por qué será, pero me parece a mi que este show se representa en más de una casa española con adolescente dentro. No quiero generalizar, que dejará de haber por ahí chavales serios y responsables. Pero por lo que se ve en la calle, y se escucha en el autobús, o de lo que hablan los profesores y se quejan los padres, no es ni mucho menos descabellado pensar que el programa es reflejo fiel de la realidad por la que deambulan muchos de nuestros jóvenes -es una forma de hablar, que míos gracias a Dios no son nada-.

Yo me hago la cama desde que tenía seis años. Limpiaba el polvo y aspiraba mi habitación con mis hermanos los fines de semana, para que mi madre descansara. Y con once años cuidaba de mi hermano chico, que estaba recién nacido. Sé planchar camisas, coser botones, hacerme la maleta, lavar, tender. Soy autosuficiente, vamos. Me enseñó mi madre, que con cinco hombres en casa -mi padre y cuatro hijos- no estaba dispuesta a ser la chacha de nadie. Y bien que se lo agradecemos sus hijos, que cuando nos hemos ido a vivir nuestras vidas no hemos necesitado cursillos ni hemos hecho el ridículo pidiendo ayudas.

Hoy las cosas son distintas. Los adolescentes son unos consentidos, que a medida que crecen se convierten, directamente, en jilipollas. Así que de la lavadora saben que es eso blanco lleno de botones y con una puerta de cristal que sus madres usan para que ellos tengan vaqueros y camisetas guapas listos para el sábado noche -o el chandal, por cierto convertido en la hortera prenda diaria nacional-. La plancha, de lo que sale humo y quita las arrugas, que se llevan puestas tan pichis si mamá no tuvo tiempo de pasarla por el nicki porque ellos el artefacto no lo controlan. Y el aspirador, el trasto ese que les despierta los sábados y los domingos a la una de la tarde.

Ya digo que esto no será siempre así, pero del pelo andará en la mayoría. Sólo hace falta echar un vistazo a cualquier patio de instituto, o cualquier plaza en fin de semana para echarse a temblar. Lo de los inútiles del reality de La Sexta es lo que hay por ahí seguro. Así que a los padres y las madres de este siglo que no les pase nada con lo que atesoran en sus hogares.

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