Navegador y turismo/turistas

He dejado el navegador Tom-tom descansando a la sombra de un olivo en una carretera de Andalucía. Que lo he tirado por la ventanilla del coche, vamos. Ya no podía más con él. Me tenía frito la señora con a la izquierda, a la derecha, gire cuando sea posible, sin dar ni una. En Valladolid me dejó en mitad de una plaza peatonal con una fuente. Seguro que los abuelos que estaban al fresco todavía lo recuerdan. En Córdoba nos metió directo en una calle en obras (eso en realidad no es culpa suya) pero al proponernos otra ruta nos perdió. Y camino de Granada nos ha conducido directamente al desastre de un camino entre olivos dirección a un cortijo (treinta kilómetros de más en el viaje). Así que allí se ha quedado, y que le aguante su madre. Dicen que eso pasa por no renovar los mapas, pero cuando quieres hacerlo, en legal son 100 euros (Google da la ruta gratis) y en pirata no hay dios que instale nada útil. Me paso al mapa de carreteras de toda la vida y a internet. Que le den por el saco al jodido navegador.

Por eso de hacer más fácil lo del turisteo en Córdoba tiene la CórdobaCard. Una tarjeta con chip con las visitas prepagadas que dura siete días. ¿Cómodo? Pues no. Porque resulta que para entrar a algunos sitios, como a la Mezquita, hay que hacer cola en taquilla para que te den no un papel -la entrada de siempre- sino dos-el justificante del uso de la tarjeta-. Mi apuesta por la tecnología es para que lo cotidiano, y lo que no lo es tanto, resulte más sencillo y lleve menos tiempo, que es el oro de este siglo. Y en la batalla por el medioambiente, además, para salvar el planeta gastando menos papel. En Córdoba, quien ha diseñado el proyecto de tarjeta inteligente para mejorar el servicio turístico ha fallado en algo.

Los españoles de visita turística se distinguen siempre por dos características: son terriblemente ruidosos y se meten siempre donde más dificultades tienen para moverse o dejar que se muevan los demás. Si el monumento tiene escaleras angostas muy empinadas, o salas muy estrechas de techos bajos y desniveles, allí estará todo el grupo de ancianos, bufando por el esfuerzo y provocando un tapón. O la madre arrastrando un coche de bebé con bebé, bolsón de viaje y catorce paquetes con compras. Y si el lugar requiere silencio, como las iglesias, los gritos -fulanita, mira que figuras; mengano, coge más folletos- serán la seña de identidad del mismo grupo de mayores españoles. Ah, y en cualquier caso haciendo fotos con flash donde expresamente está prohibido. En los Alcáceres Reales de Córdoba tuvimos que esperar casi cinco minutos en mitad de unas escalera a que unas señoras muy viejas y muy ruidosas se percataran de que no estaban ya para esas trepaderas. Y encima una de ellas se ofendió porque al reprocharles el tapón se creyó que le estaba llamando gorda. Con estas cosas te topas cuando vas por el mundo, porque además da igual donde estés que españoles no faltan estorbando y chillando.

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: