Maqueos, chinos y árboles

30 septiembre 2008

Hay que ver lo maqueados que van los chavales al instituto. Me cruzo por la mañana con muchos que salen para el cole como de domingo. Hasta los chándales tienen mucho glamour, y eso que es la prenda más horrenda y vulgar que puedes echarte a la cara. Supongo que será cosa de las hormonas, como todo en los quinceañeros, que las destilan por litros, y de las estrategias para ligar. A los críos se les nota más que a las crías. Alguno seguro que tarda en arreglarse tanto como su madre para una boda. Ellas van bien también, pero más como de andar por casa. Tengo que fijarme si usan manoletinas, otro espanto de la moda que merece fusil y paredón. El caso es que los niños y las niñas de instituto de hoy se repeinan como me repeinaba mi madre de chico, y hasta parece que se ponen ropa planchada. No sé sí las mochilas llevarán los libros y cuadernos que tienen que llevar, pero ellos van a la última en las tendencias del Vale y el Superpop. Si se preocuparan por los estudios la mitad que por ir monos a clase, otro gallo le cantaría al fracaso escolar.

Los chinos se han cargado en mi barrio otra tienda de las de toda la vida, una frutería. Claro, difícil competir con los higos a 4,99 el kilo, o los kiwis a no sé cuánto del todo-a-todas-horas chino. Siempre unos céntimos menos que en la frutería, aunque comprado al mismo mayorista. Eso me admira de los chinos. Compran donde los demás, venden más barato y así y todo les da para vivir. Es verdad que curran como chinos -de ahí seguro el dicho- y que viven veinte en una casa -esto suena más a leyenda urbana-, que se relacionan poco -tienen algo de misteriosos- y tienen poca vida social, pero son los reyes del mambo tumbando los negocios de los listos de los europeos. Yo de mayor quiero ser chino y poner un súper, aunque no sea más que por verle la cara de lila que se le queda al de la tienda de al lado cuando tenga que cerrar porque le como la tostada con el pan, la leche, la fruta y las galletas. Si es que ya digo yo que a Solbes había que cambiarlo por Fumanchú, que nos haría crecer poco pero constante, y sería más ameno en el parlamento.

Cada invierno me cago no menos de mil veces en la madre que parió al que tuvo la idea de plantar árboles en las ciudades. No adornan ni dan sombra, ensucian con las hojas y nos joden a los que somos altos y no podemos evitar golpear el paraguas con sus ramas, cuando no dejamos en ellas directamente la cara. No los podan, no sé sí porque este es un país de enanos y hay pocas quejas, o directamente porque es menos costoso que dejar que al que le partan los morros se arregle como pueda. El caso es que me tiene frito tener que elegir por donde caminar en función de que la acera esté cuajada de putos árboles con el ramaje a la altura de mi nariz o no. A cuántos habría pegado fuego de buena gana y me he tenido que contentar con echar unos juramentos.


Matabichos electrónico

23 septiembre 2008

Hoy he visto un anuncio de teletienda de un cacharro que mata roedores e insectos -o sea, ratas y cucarachas- mandando impulsos electrónicos por los cables de la casa. Vale una pasta, pero si compras uno te regalan otro. Siempre me he preguntado quién necesita estos chismes, quién convive con ratas y cucarachas a los que necesita exterminar. Yo creo que el repelús me bloquea y no puedo hacerme una idea. No me imagino yo enchufando un cacharro matabichos de cuatro y más patas y sentándome después tan campante a ver la tele.

Me cuesta pensar en alguien haciéndose el planteamiento de comprar un artilugio de estos porque desayunando ha visto una cucaracha paseando por la encimera o una rata pelona en la bañera mientras se lava los dientes, como el que decide cambiar de tendal porque el que tiene ya no gira bien. A mí me pasa y desde luego que a esa casa vuelvo sólo a recoger mis cosas. Y no todas, no sea que se vengan conmigo cosas vivas. Hay que tener mucho cuajo para dar por bueno que lo de la plaga de animales es tan normal que un aparato en los enchufes lo arregla en un pispas.

Y digo yo que si las antenas de móvil provocan cáncer, y los microondas tumores, esta cosa que también funciona con impulsos electromagnéticos bien podría hacer crecer a las ratas al tamaño de los conejos y a las cucarachas al de los puños. Seguro que también entonces venderían algo de enchufar para la cosa de eliminarlas, que en realidad las haría más grandes en una lucha sin fin hombre-rata.

¿Dónde queda el bicho después de frito? ¿Muere rápido o agoniza junto al enchufe de la lámpara, al pie del sofá, durante horas? ¿El aparato es silencioso o emite un zumbido que da dolor de cabeza y les alerta de que el voltio de la muerte está al acecho para cuando estén con la digestión de los manjares de los armarios de la cocina? A lo mejor si me veo el anuncio completo aclaro estas dudas. O puedo preguntar la próxima vez que alguien me invite a cenar y olvide retirar los aparatos de la vista para no hacer desagradable la velada desde demasiado pronto. Aunque si esto me pasa, ya me vieron quedarme a cenar.

Total, que por unas decenas de euros, Din no sé qué se deshace de tus cucarachas y tus ratas, eso tan normal en cualquier casa. Uf, qué asco más grande…


Un poco de Madrid (en viaje de trabajo)

20 septiembre 2008

Desde el aire todo parece más pequeño y más ordenado. La desgracia del accidente del avión de Spanair no. A mí me ha parecido igual de dramática, igual de terrible, igual de dolorosa, igual de incomprensible. Queda en tierra una mancha negra enmarcada por el río y la pista, que pega a los cristales de los aviones que aterrizan y despegan caras de morbo y un punto de terror. Mi compañero de asiento, después de mirar, hizo una mueca que decía vaya putada, que yo respondí con la resignación de otra que fue un pues sí. Luego, cinturón fuera, pasillo estrecho, compartimento abierto, maleta abajo y a la terminal. Y a contar que vimos desde arriba los estragos de la catástrofe, que siempre nos hace más cómplices y como más sensibles.

Parece mentira que todavía haya gente que no sepa cuántas cosas no se pueden meter en un avión. Las lista es tan larga que sería más fácil hacer una de lo que sí se puede: la tarjeta de embarque siempre, y tú a lo mejor. Un par de señores de traje detrás de mí, a un abuelo inglés le abrieron la maleta en el control de Parayas. El guardia rebuscó entre la ropa hasta que dió con el objeto prohibido: ¡¡¡unas tijeras de un codo de largo, de las que usan las costureras!!! Se quedó sin ellas, por supuesto. No había lugar a la transacción, aunque bien es verdad que el pasajero ni lo intentó. Parecía obvio que el artefacto no tenía cabida en la cabina. Otro par de viajeros perdieron sus botes de dos litros de espuma de afeitar o de cuatro de colonia -qué amaños, les tienen que durar meses-. Los vigilantes lo tiran muy ceremoniosamente a un cubo grande, supongo que para evitar que cunda la creencia de que cada noche se van a su casa con completísimos lotes de droguería y perfumería. Nada que me extrañaría, de todos modos, en un país donde el “coge, coge, que es gratis” o se ejecuta o se piensa que se ejecuta.

En el hotel he pagado la primada de ser de provincias. Me tocó la habitación 417. Subí en el ascensor que supuse era el que me habían indicado en recepción -hablan muy bajito, y señalan con el brazo pegado al cuerpo, como sin querer molestar haciendo muchos aspavientos-. Subí, me apeé, leí la dirección a tomar, y después de caminar en redondo 360 grados, regresé al mismo punto, justo en cuyo frente estaba la habitación 417. Los árboles (el cartel de hacia dónde ir) no me dejaron ver el bosque (mi habitación, que a la derecha de la puerta tenía puesto el cartel). En compensación por la caminata, y de pura rabia, me he llevado los geles que no he usado, el peine y el bolígrafo de cortesía. En el hotel habrán creído que ha sido por avaricia, como siempre, y les habrá importado un pimiento, que ya va en el precio. Pero cuando yo los use (no sé cuándo, ni en que orden considerando el cajón del baño que tengo lleno de los de otros viajes) me sabrán a venganza.


El reality adolescente

17 septiembre 2008

Están dando en La Sexta un reality super-divertido, con un chico y dos chicas que buscan algo en lo que trabajar después de que sus familias los hayan echado de casa por vagos. “De patitas en la calle” se titula el programa. Los tres elementos no han pegado un palo al agua en su vida, y se les nota un huevo. Fantasías tienen todas, ganas muchas menos, y arte ninguno para nada. Me parto de risa con ellos. Lo mejor de todo ha sido el número con la lavadora, que alcanzaron a poner en marcha después de muchas vueltas, usando lavavajillas para poder devolver color y olor a limpio a una toalla de manos. Una traca.

No sé por qué será, pero me parece a mi que este show se representa en más de una casa española con adolescente dentro. No quiero generalizar, que dejará de haber por ahí chavales serios y responsables. Pero por lo que se ve en la calle, y se escucha en el autobús, o de lo que hablan los profesores y se quejan los padres, no es ni mucho menos descabellado pensar que el programa es reflejo fiel de la realidad por la que deambulan muchos de nuestros jóvenes -es una forma de hablar, que míos gracias a Dios no son nada-.

Yo me hago la cama desde que tenía seis años. Limpiaba el polvo y aspiraba mi habitación con mis hermanos los fines de semana, para que mi madre descansara. Y con once años cuidaba de mi hermano chico, que estaba recién nacido. Sé planchar camisas, coser botones, hacerme la maleta, lavar, tender. Soy autosuficiente, vamos. Me enseñó mi madre, que con cinco hombres en casa -mi padre y cuatro hijos- no estaba dispuesta a ser la chacha de nadie. Y bien que se lo agradecemos sus hijos, que cuando nos hemos ido a vivir nuestras vidas no hemos necesitado cursillos ni hemos hecho el ridículo pidiendo ayudas.

Hoy las cosas son distintas. Los adolescentes son unos consentidos, que a medida que crecen se convierten, directamente, en jilipollas. Así que de la lavadora saben que es eso blanco lleno de botones y con una puerta de cristal que sus madres usan para que ellos tengan vaqueros y camisetas guapas listos para el sábado noche -o el chandal, por cierto convertido en la hortera prenda diaria nacional-. La plancha, de lo que sale humo y quita las arrugas, que se llevan puestas tan pichis si mamá no tuvo tiempo de pasarla por el nicki porque ellos el artefacto no lo controlan. Y el aspirador, el trasto ese que les despierta los sábados y los domingos a la una de la tarde.

Ya digo que esto no será siempre así, pero del pelo andará en la mayoría. Sólo hace falta echar un vistazo a cualquier patio de instituto, o cualquier plaza en fin de semana para echarse a temblar. Lo de los inútiles del reality de La Sexta es lo que hay por ahí seguro. Así que a los padres y las madres de este siglo que no les pase nada con lo que atesoran en sus hogares.


De presidentes/as de los vecinos

15 septiembre 2008

Me pone malo la presidenta de esa nueva asociación de vecinos que se ha inventado alguien en Castilla-Hermida (yo creo que ha sido Santi Recio para contrarrestar al otro colectivo vecinal, más cercano al Psoe. Un amigo periodista me cuenta que sus faxes con las notas de prensa llevan número del consistorio). La señora esta ha salido cinco o seis veces en los periódicos (seguro que tiene guardados los recortes. Le pega un montón) para poner a caldo o al Puerto o a la consejería de Medioambiente. Todavía no he leído nada suyo que parezca realmente suyo, y menos aún el resumen de lo que opinan los vecinos. No sabemos cuántos son, ni si en la directiva hay alguien más; dónde se reunen, cuándo, qué hay que hacer para apuntarse… Vamos, que tiene todo el tufo de no ser más que una cara al servicio del poder. Al municipal, porque tampoco le han escrito a la chica nada contra el ayuntamiento, que algo podría pedírsele para el barrio, digo yo. El caso es que ahí está la muchacha, de palanganera. Y nosotros sin representación de la de verdad, de la que crítica y reivindica. En fin, será que ser vecino tiene esto.

Al hilo de lo anterior, las obras del barrio van camino de ganar a El Escorial en el dicho popular para las cosas de mucha duración. No he visto nunca nada igual, ni peor. Estoy por hacer una lista de remates sin acabar y chapuzas varias para que la presidenta-fantasma se la pase a alguien, por si hay suerte y tienen a bien terminar este suplicio. Sería mi aportación al civismo vecinal, y de paso una denuncia de la desidia de otros -contratista, contratador y presidenta, que de este despropósito no ha dicho más que tonterías inútiles y sin interés-.

En la calle Alta se plantean hacer algo con la basura igual que lo de Castilla-Hermida. Que no les pase nada como ejecute la obra la misma empresa. De momento, la diosa Fortuna en forma de posible yacimiento arqueológico dará a los pobres vecinos algunas semanas de tregua, pero en cuanto el problema de las ruinas esté resuelto empezará el suyo del ruido, la suciedad, la chapuza. Lo dicho, es lo que tiene ser vecino, y de zona humilde. Que hay que joderse y aguantar.

(Postdata. Se me ocurre que podía el portavoz del Psoe en el ayuntamiento de Santander hacer algo con esto de los colectivos vecinales. A lo mejor ahí encontraba un entretenimiento y actividad).


Lenguaje

8 septiembre 2008

Decía un anuncio en una farola de un alquiler en Granada (en vacaciones da tiempo para observar de todo) que el piso que se alquila tiene “aire acondicionado frío y calor”. Yo siempre dí por supuesto que el aire acondicionado conlleva eso, ambientar según la temperatura. Así que una de dos, o en Granada hay arrendadores honrados que evitan la picardía de que se confunda el aire acondicionado con un vulgar ventilador, o lo más probable, y muy de aquí, se redunda la información para darle más caché al piso.

En España nos encanta responder más de lo que nos preguntan y contar más de lo necesario. Incluso lo innecesario o lo que no nos preguntan. También nos chifla reivindicarnos retorciendo el lenguaje y usando términos que no controlamos, sólo porque nos hacen más cultos o más técnicos. Es el sino de nuestra incapacidad para ser austeros hasta en el hablar.

El español es una de las lenguas más ricas del planeta -podría decir mundo, pero planeta suena mejor y parece más apropiada en quien pública lo que escribe y busca cierto nivel-, o eso dicen. Barroco en ocasiones, pero churrigeresco -recargado, pero eso lo diría cualquiera- cuando nos da por extenderlo más allá de las cinco o seis páginas del diccionario que realmente conocemos. Tiene giros, expresiones, sentidos, que no tienen otros -en inglés tú y usted se dicen igual. No creo que haya nada más vulgar- y nosotros nos empeñamos en usarlas todas a la vez demasiadas veces.

Y cómo no vamos a ser un país de porteras y cotillas si nosotros mismos alimentamos el morbo de saber más de la cuenta contando toda nuestra vida presente y futura como respuesta a un sencillo y cortés qué tal estás. Se puede saber todo del vecino con un sencillo hola y siete pisos en un ascensor.

Lenguaje prolijo y excesivo nos avocan así al desastre de dejarnos en pelotas -también valdría desnudos, más culto pero menos expresivo- frente al espejo de nuestros iguales, que también conocen el truco de los tecnicismos fuera de contexto y el parloteo innecesario para darse importancia.Con poner aire acondicionado hubiera bastado para anunciar que el piso está fresco en verano y caliente en invierno. Como responder también hola basta para no autobiografíarnos con cada cortesía del saludo. Y al carajo la cultura que no se tiene y las chismosas que viven la vida de los demás. El idioma está a salvo, y no necesita de alardes quevedianos ni de la reiteración cuando hablamos o cuando anunciamos.

(Postdata. He ido el último en la lista de delegados al congreso del Psc-Psoe que ha ganado en Santander porque a mi me ha dado la real gana. Nadie me ha vetado porque no he dejado oportunidad. Por ser los últimos, aquí no se pelea. Eso es cosa de otros).


Navegador y turismo/turistas

5 septiembre 2008

He dejado el navegador Tom-tom descansando a la sombra de un olivo en una carretera de Andalucía. Que lo he tirado por la ventanilla del coche, vamos. Ya no podía más con él. Me tenía frito la señora con a la izquierda, a la derecha, gire cuando sea posible, sin dar ni una. En Valladolid me dejó en mitad de una plaza peatonal con una fuente. Seguro que los abuelos que estaban al fresco todavía lo recuerdan. En Córdoba nos metió directo en una calle en obras (eso en realidad no es culpa suya) pero al proponernos otra ruta nos perdió. Y camino de Granada nos ha conducido directamente al desastre de un camino entre olivos dirección a un cortijo (treinta kilómetros de más en el viaje). Así que allí se ha quedado, y que le aguante su madre. Dicen que eso pasa por no renovar los mapas, pero cuando quieres hacerlo, en legal son 100 euros (Google da la ruta gratis) y en pirata no hay dios que instale nada útil. Me paso al mapa de carreteras de toda la vida y a internet. Que le den por el saco al jodido navegador.

Por eso de hacer más fácil lo del turisteo en Córdoba tiene la CórdobaCard. Una tarjeta con chip con las visitas prepagadas que dura siete días. ¿Cómodo? Pues no. Porque resulta que para entrar a algunos sitios, como a la Mezquita, hay que hacer cola en taquilla para que te den no un papel -la entrada de siempre- sino dos-el justificante del uso de la tarjeta-. Mi apuesta por la tecnología es para que lo cotidiano, y lo que no lo es tanto, resulte más sencillo y lleve menos tiempo, que es el oro de este siglo. Y en la batalla por el medioambiente, además, para salvar el planeta gastando menos papel. En Córdoba, quien ha diseñado el proyecto de tarjeta inteligente para mejorar el servicio turístico ha fallado en algo.

Los españoles de visita turística se distinguen siempre por dos características: son terriblemente ruidosos y se meten siempre donde más dificultades tienen para moverse o dejar que se muevan los demás. Si el monumento tiene escaleras angostas muy empinadas, o salas muy estrechas de techos bajos y desniveles, allí estará todo el grupo de ancianos, bufando por el esfuerzo y provocando un tapón. O la madre arrastrando un coche de bebé con bebé, bolsón de viaje y catorce paquetes con compras. Y si el lugar requiere silencio, como las iglesias, los gritos -fulanita, mira que figuras; mengano, coge más folletos- serán la seña de identidad del mismo grupo de mayores españoles. Ah, y en cualquier caso haciendo fotos con flash donde expresamente está prohibido. En los Alcáceres Reales de Córdoba tuvimos que esperar casi cinco minutos en mitad de unas escalera a que unas señoras muy viejas y muy ruidosas se percataran de que no estaban ya para esas trepaderas. Y encima una de ellas se ofendió porque al reprocharles el tapón se creyó que le estaba llamando gorda. Con estas cosas te topas cuando vas por el mundo, porque además da igual donde estés que españoles no faltan estorbando y chillando.


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