Estoy conmocionado

Estoy conmocionado. El accidente de Barajas es terrible, desolador. Las imagénes de una madre hablando por su móvil y diciendo que el avión que se ha estrellado es el de “su niña” me han partido el corazón en dos. ¡¡¡ Qué horror, qué horror !!!

Yo soy un cagao para casi todo. Dono plasma, y el momento del pinchazo es del mayor sufrimiento físico para mí. No voy a la playa por no correr el riesgo de quemarme con el sol. Cualquier dolor de cabeza o de un brazo son una embolia o un infarto. Por supuesto, no hago deporte ni someto mi cuerpo a más peligros que los de subir en un ascensor o viajar en coche. Había superado el terror a montarme en un avión. Hasta conseguía dormirme durante el vuelo si estaba muy cansado. Pero ahora…

También parezco un enamorado del sufrimiento del alma. Recreo los peores momentos que vivo para sentir una vez y otra las punzadas del pánico. Llevo toda la tarde recordando mis últimos viajes en avión. A Londres en julio, o a Madrid en junio, o a Fuerte Ventura en abril. Y me cago vivo, que se dice. Cómo te sueltas ese puñetero cinturón, o sales corriendo por esos pasillos tan estrecho, si es que superas a tu compañero de embutimiento en los asientos. Dónde están las puertas, quién las abre, por dónde se salta, qué se hace con los heridos, dónde hay extintores… Si en circunstancias normales a los diez minutos de despegar ya no te acuerdas de las explicaciones “siguiendo normas internacionales de aviación civil” sobre todos esos elementos de seguridad que te rodean, imagínate con el avión recien estrellado y ardiendo. Me mareo solo de pensarlo.

Tengo reservas para noviembre a Barcelona. Y en septiembre he de volar a Madrid a un par de reuniones de trabajo. Dicen que el avión es el medio más seguro de viajar. Por supuesto, caen pocos. Pero cuando caen no se salva ni el tato. Es absurdo tener miedo, dicen también. Pero a mí me ha vuelto todo y de golpe, con el drama de Barajas y el de las pobres familias a 3.000 kilómetros esperando noticias o recibiendo las más terribles: que sus seres queridos son los muertos.

Que los fallecidos estén donde quieran quienes les quieren. También que las compañías aéreas aprendan algo más de este accidente para evitar otros en el futuro. Yo me acordaré de ellos, y de sus familias, si no me queda más remedio que montarme en un avión, entre los sudores del pánico y las arrugas del estómago. Pero si no monto, también. Porque su partida ha sido tan terrible como injusta, como lo es toda que no tiene causa en la vejez.

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: