Madrid 4 (Santander 0)

En Madrid han tomado conciencia de las propuestas del ministro Sebastián y han subido los termostatos del metro. Pero doña Espe ha querido también aquí llevar la contraria al gobierno, y en vagones alternos la temperatura es de 50 grados. Los madrileños van tan campantes, sudando lo que no está en los escritos, pero aguantando como campeones con tal de dejar a la señora por encima. Sólo faltan servicios de emergencias para las lipotimias y un revisor que reparta toallas, porque con un pañuelo no da para nada. Que tome nota Sebastián y su idea de mierda de la corbatita. Aunque puede que él tenga la culpa por haber anunciado que va a su despacho en metro, que a lo mejor Aguirre lo que quiere es matarlo por cocimiento en su propia salsa.

En las calles del Carmen y Preciados la policía y los manteros juegan al ratón y al gato. Y la salida por patas de negros, indios y chinos es todo un espectáculo, que tiene su público de turistas que se descojonan de la risa con las carreras. Yo creo que los guardias tienen la consigna del ayuntamiento de no pillarles nunca. Al fin y al cabo así el número del “que voy que vienen” forma parte de la oferta cultural de la Villa, y alemanes, ingleses y japoneses pueden contar al volver a su civilizados países que en España la policía es tonta y los pillos callejeros se la dan con queso. Por cierto, que los chinos se han hecho ya con el mercado de los abanicos. Primero fueron las barras de pan a 35 céntimos cuando en el super cuestan 70, y ahora los abanicos a 2 euros. A este paso, Zapatero tendrá que hacer ministro de Economía a un chino.

También el ambiente gay tiene sus clases sociales y su xenofobia. En el LL, por ejemplo, los transformistas sudamericanos son impenitentes con sus compañeros de continente. Ni al más imbécil de nuestros racistas se le ocurrían burradas como las que se dedican. También es verdad que unas luces, una tarima y un micro suavizan mucho el efecto, y que seguro que los chistes esconden mucho de mofarse de sí mismos y de sus propias miserias. De todos modos es un insultar con gracia, que parece que ofende menos, y que rompe de risa los pechos de los que pagamos 12 euros por dos cervezas a cambio del show.

Así es Madrid.

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