Madrid 1 (Santander 0)

Pues nada, que aquí estoy sentado al Mac de mi hermano David, sin el calor prometido por los agoreros y disfrutando de un Madrid vacío en el que se está de madre. Por cierto, que me dice mi hermano que hace tiempo que no saben de las peleas de Gallardon y doña Espe. Yo le digo que lo mismito pasa en Santander, donde la única pelea que se mantiene viva es la del alcalde y el Presidente de la Autoridad Portuaria (más que nada porque los Cabezones y los Rosaineses de la oposición no la hacen, que deben andar liados con… algo, lo que sea que hagan).

La carretera tienen casi tantos cabrones como conductores. No sé cómo no hay más accidentes, verdaderamente. En los 400 kilómetros que nos metimos ayer para venirnos a este vergel de las oportunidades del ocio y la diversión, nos cruzamos con decenas de capullos a los que la vida de los demás les importa un pito. Dos me llamaron la atención, y más que por los riesgos a los que nos sometían a los demás sin conocernos, por los que hacían padecer a los que iban con ellos en los coches, supongo que conocidos y hasta queridos. Los dos llevaban niños.

Una madre (o no, pero con dos niñas chicas a bordo), después de ocupar kilómetros el carril izquierdo, se ofendió tanto cuando le pedí que me dejara pasar con el intermitente que me saludó levantando el dedo corazón al superarla y me estuvo persiguiendo hasta que tuve a bien salirme de la autovía en el enlace a Aguilar, más de 20 kilómetros después de su cortesía. Preciosas enseñanzas para dos criaturas, y muy sana carrera al límite jugándosela ella y nosotros. Por cierto, que llevaba en el asiento delantero a la mayor de las menores, supongo que para que pudiera percibir mejor que su nivel intelectual y su formación cívica era inversamente proporcionales a las velocidades que marcaba el cuentakilómetros.

El otro era un señor de esos cabezones y calvos con coches de marca muy potentes, al que hacían la gala de acompañar en el ataud con ruedas una señora y otra niñita. Se tiró toda una fila detrás de un autobús en una carreta no desdoblada (así llaman ahora a las carreteras de toda la vida, llenas de curvas, cambios de rasante y desniveles del asfalto) dando por el saco con adelantos en la raya misma del suicidio. También a mí me tocó, justo cuando yo era el primero de la fila y ya había señalizado que salía a ganar al bus. Faltó el canto de un duro para que la mala bestia me llevara por delante, o yo a ellos. Otra muestra más de que ser persona y tener dos dedos de frente no tiene por qué ser silogismo irrefutable.

Llegué, a pesar de los desgraciados que valoran en nada a los demás. Y me lo estoy pasando pipa. No he podido resistirme a comprar DM (confieso que a diario leo El Mundo Hoy en Cantabria, pero aquí no lo venden), y ver que Marcano y De la Serna siguen de luna de miel anticipada (este vez en con foto en un velero, que no debe haber nada más bucólico y pastorial en las cosas del amor para gentes de tierra con mar). Quién se juega conmigo cuánto tarda Vincentín en hacerle al alcalde otro regalo (unas motos de Protección Civil, o unas lanchas, o un camión de bomberos, aunque lo que molaría sería un ventilador de esos grandes para descongestionar interiores como el que le enseñaba el otro día en exteriores y a todo gas al presidente Revilla -un poco pueblerina la foto de las autoridades alrededor de un ventilador gigante mirando asombrados cómo el artefacto aquel daba viento-)

Mañana más, que me voy de fiesta a resarcirme de meses sin salir por Santander. Buenas noches, y que sea leve (estaba bien lo de “y buena suerte”, pero con la inflación tan alta no me atrevo).

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