Y sigo (Fuerteventura, 3 del todo)

Lanzarote es una pasada. Bueno, en realidad es una pasada el Parque de Timanfaya. Puede que el resto de la isla también (eso aseguran hasta los majoreros de Fuerteventura), pero las Montañas del Fuego son la cosa natural más fantástica que he visto hasta ahora. Valles inmensos de lavas (malpaises lo llaman) en mil formas, cubiertas de líquenes y no. Bombas rodeadas de amontonamientos naturales de tierra volcánica, bajo el manto de un cielo azul, sin nada más alrededor que la fortaleza terrestre en forma de erupción. Una maravilla para los ojos.

No sabría decir si sólo por esto merece la pena la paliza de cuatro horas de avión (más las esperas en Barajas, que no sé por qué pero siempre son eternas), pero desde luego si que sirve para hacerse el primer planteamiento. Y seguro que es la puerta de entrada a más naturaleza en estado puro en una isla más ordenada y mejor cuidada que Fuerteventura.

Mereció la pena el mareo del barco (al regreso, y con la lección aprendida, varios rezos y mucha fuerza de voluntad, no me maree) por esta locura para los sentidos.

La noche… no recuerdo la noche… Bueno, sí, de algo ya me acuerdo, pero en otro post.

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