Segunda noche en Fuerteventura (4 del total, que se acerca)

Cenamos en un parque temático, o algo así. Fue muy divertido llegar hasta la puerta en un trenecito como “el magdaleno“, y entrar acompañados por la música de un cuarteto de canto canario. Y luego la sorpresa: focas (bueno, no, leones marinos, que nos explicaron que se diferencian por no sé qué con la orejas; no presté mucha atención, que yo estaba a cenar).

Un poquito de frío ya hacía. Eso de la temperatura los nativos lo llevan muy bien (entre 22 y 24 grados de día y entre 12 y 15 por las noches), pero los peninsulares terminamos con los riñones al jerez. Y la cena, bien: mojo de dos colores (el picón, que pica que jode, y el verde, que pica también que jode), papas arrugadas (las ponen de guarnición en todo), queso de cabra (exquisito) y de segundo, o pez (unos lomos de un bicho marino de por allí) o cabrito (churruscos muy especiados de cabra pequeña, hija de la que dio la leche del queso). De postre, no me acuerdo, la verdad. Ah, y sin café (no se debe llevar).

Lo mejor vino entre el queso y el cabrito. Los leones marinos nos hicieron un número de esos en que suben, bajan, saltan, palmean y hacen carantoñas a los cuidadores. Vamos, cosas de animales del mar que hacen lo que están acostumbrados a hacer. Sacaron a una compañera a jugar en el show, que espero que ya haya tirado a la basura la cazadora que llevaba puesta porque los leones se la sobaron tanto como para que eso no quite manchas y olor en la vida. Y luego pasearon a uno de ellos, grande como qué, entre las mesas para que quien quisiera las tocara. Cuando se acercaba a mi mesa, yo, obviamente, salí por patas al otro extremo de la sala. Son animales, huelen mal, están sucios, y tienen peligro innato.

Después, más viaje en tren (el conductor se enrollo y nos premió con doscientos metros más de recorrido) y luego las copas. Aquí rompí el carter (no sé si se dice así, pero suena a tronco moderno, ¿no?), bailé como un loco con mi cervecita 0’0 y me fumé dos cigarritos (en plan fumador social de fin de semana). Cómo me lo pude pasar, madre mía. Es en estos ratos en los que todo el estiramiento de los discursos, y las opiniones pontificadoras de las gentes, se diluyen entre alcohol, nicotina y cercanía. Hay risas disparatadas, humanidad, contacto, y hasta ligues. Es sin duda el mejor momento de los congresos. Y yo me lo había perdido hasta ahora. Si es que…

Mi compañera me llevó hasta el hotel pronto. De no ser por ella…

El jueves serán mañana.

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: