Mañana en Lanzarote (2 del total)

Levantarse a las 5 y media de la mañana es un crimen estés donde estés. Y por mucho desayuno-bufett de jamón, huevos y bacon, o de mil dulces con aguachirri-café que tomes, te toca estar hecho un cristo todo el santo día. Así he amanecido hoy después de una nochecita de vientos, golpes de ventanas y calor.

El viaje en barco desde Fuerteventura hasta Lanzarote ha sido estupendo: me he mareado sin acabar de cruzar la pasarela, nada que ver con la de “Vacaciones en el mar”. Y que esto del mareo es el pan nuestro de cada día lo atestigua que lo primero que se vea al llegar a la zona de asientos sea una bolsita de papel blanco para dejar el desayuno continental del hotel diez minutos después de salir del puerto. Al final no han sido más que veinte minutos de calvario, eso sí, en un paraje sin igual de belleza singular.

Y la reunión ha sido como todas: bla, bla y más bla. En un hotel muy chulo, con bolígrafo de propaganda que se destinta y unos folios con el membrete dorado de las cinco estrellas. Café de intermedio, salón de ventas, agua fría, micros que sólo funcionan a ratos y mesas-caballete tapizadas en azul marino. Fructífera, pero aburrida. Elegante, pero copia de cualquier otra.

La comida, y la tarde, sobre todo la tarde, han sido otra cosa, que merece su propio espacio, ese tan ancho que me rodea en el hotel en mitad del desierto.

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