En Fuerteventura (y 1)

Estoy en un resort en medio de unas dunas tan grandes como tres veces Santander, rodeado de gigantescos alemanes (y alemanas) y sonrosados ingleses algunas de cuyas quemaduras del sol deberían ser tratadas como de segundo y tercer grado. Estoy en Fuerteventura, al borde del mar, en un hotel con más de 1200 huespedes que se pegan por las hamacas de la piscina desde las seis de la mañana, que comen a las 12 y cenan a las siete de la tarde, y se lo pasan de muerte viendo unos shows de animadores que son de risa. Familias con niños que me pregunto por qué no están en clase en sus paises, viejecitos nada frágiles que le pegan al champan y al vino tinto del todo incluido como cosacos, y alguna que otra pareja de recien casados sin posibles, o de novios recien estrenados.

A este mundo que tan poco tiene que ver conmigo y mi idea de pasar las vacaciones me ha lanzado un Congreso que por mor de la diversidad de los territorios de España tocaba organizar en las Islas Canarias. 23 grados, ambiente reseco, un fino viento cargado de una fina arena que te toca finamente las narices, jarana de visteme despacio que no tengo prisa en residencial de todo incluido (con un borde picudo de la pulsera que te calzan y que no se puede quitar me he desgraciado un pezón en la ducha al enjabonarme). Una traca, vamos.

Y mañana (en unas horas en realidad), me tengo que meter en un barco, que dicen que se mueve más que un tiovivo, para pasar el día en Lanzarote. Espero que el estómago no se venga y se me vaya, como cuando hemos aterrizado (en una pista estrecha, muy estrecha, y pegada al mar en la que las corrientes de aire se ve que juegan malas pasadas).

Total, una aventura que promete. Mañanas más.

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