Chantal Sébire

Yo no quiero morirme nunca. Imagino que como todo el mundo, quiero vivir bien hasta tener cien años, que es esa edad mágica a partir de la cual parece que ya no queda nada nuevo por hacer. Y además quiero vivir sin achaques, sin más dolores que los de la mandíbula de reír, el estómago de comer y los pies de andar en viajes encadenados sin fin. Con mi pareja, en mi casa, con salud, dinero y amor, y rodeado de mis amigos de toda la vida, la mía y la suya. Claro que si pongo los pies en la tierra, me palpo la ropa y observo a mi alrededor, soñar con una placentera vida hasta la centuria es una entelequia reservada a saludables chinos de las montañas y a recias mujeres de los entornos rurales más salvajes. El res­to, nos estropeamos con cada página arrancada del calendario, y nos encorvamos al ritmo que se nos caen el pelo, las carnes y los años.

Supongo que Chantal Sébire querría antes de enfermar algo parecido a lo que yo. Chantal es esta mujer francesa que pidió que le permitieran dejar este mundo con dignidad, y que ante la negativa obtusa de la ley y de los jueces, y el silbar para otro lado del Presidente francés, hubo de buscarse la vida precisamente para dejar de vivir. Chantal estaba gravemente enferma, no tenía esperanza de vida (en términos médicos), y sufría terriblemente. Supongo que por su cáncer, pero también porque su decisión de morir plenamente consciente de que lo hacía, y la valentía de su petición para que le ayudaran a hacerlo en las mejores condiciones posibles, no sería un trago fácil de pasar. Y seguro que porque esta sociedad nuestra repleta de miedos absurdos, incapaz de acompasar progreso y bienestar con una verdadera apertura de horizontes mentales, y de entender que la calidad de vida no la dan ni el dinero, ni los acompañamientos de caridad, ni los tubos y los narcóticos o los comas inducidos, no la había comprendido ni le quería ayudar.

La eutanasia lleva muchos años siendo un debate pendiente que nadie se atreve a poner en eso que llaman las agendas políticas. Unas veces porque dicen que no es una preocupación de la mayoría social, como si a esta no le importara morir sin dolor y con dignidad; otras, porque no está entre las prioridades ciudadanas que los dirigentes se marcan para sí mismos con el fin de seguir ganado elecciones, que es la mejor manera de no tocar en la puerta de las conciencias y adocenar al personal con el pan y el circo de lo inmediato; y algunas más por seguir dando satisfacción a cuatro estómagos agradecidos como los de la Iglesia. El caso es que no se da pie a una discusión plural, sosegada, sensible, abierta, más humana que moral o científica, sobre la eutanasia, y cualquier atisbo de ella cuando surgen casos como el de Chantal se acalla cuanto antes.

Tener calidad de vida, como dice la OMS, es alcanzar una percepción positiva del lugar de cada uno en la existencia, en el contexto, entre otros, de sus expectativas y de sus inquietudes. Es ser feliz, gozar de bienestar físico y espiritual, sentirse libre e independiente, tener una sensación positiva y útil de la vida, estar intelectualmente activo. No parece aceptable que quien desee esta calidad de vida no pueda decidir cuándo ponerle fin porque sus condiciones físicas o mentales no se la conceden en plenitud. Dar la opción de concluir el paso por esta vida a quien no entienda mantener la cordura de una existencia sin dolor, sin sufrimiento propio y ajeno, con absoluto control sobre sí mismo, choca con la racionalidad misma de vivir.

Chantal Sébire fue libre para decidir, y quiso que le ayudaran a cumplir su deseo desde la lógica de una sociedad justa, compasiva y sensata. Pero se encontró frente a ese muro de la incomprensión acrítica que no discute sobre nada, y menos sobre la muerte. Chantal ya se fue, pero quedan más Chantales que a futuro no merecerían ni ser foco de cámara en su sufrimiento ni efímeras polémicas de salón.

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