Yo soy del PSOE

3 abril 2008

Para cualquiera que encuentre en el debate de las personas un reto intelectual que moviliza las ideas y del que pueden sustraerse, en circunstancias normales, eficaces consecuencias para un más óptimo funcionamiento de las organizaciones políticas, la intención de la alcaldesa de Torrelavega de presentar su candidatura a la Secretaria General del PSOE de Cantabria no debería ser mala noticia. Sin duda lo será para los que no saben hacer otra cosa que intrigar, pero no para los que quieran ver en la discusión de proyectos internos una forma de mejorar las cosas, más allá de quien los encabece.

La democracia, además de pacífica, debe ser práctica. No está su fundamento sólo en la capacidad de cada cual de hacer lo que desee en el marco de una reglas aceptadas por todos, o de expresar ideas y pensamientos con esa misma libertad. Precisa que se tenga la posibilidad de elegir, y eso pasa necesariamente porque se brinden varias opciones. Por eso, que Gómez Morante opte a ser la máxima dirigente del Socialismo cántabro en liza con Lola Gorostiaga es sano y útil para el PSOE. Sano porque la perspectiva de votar conllevará la de enfrentar las ideas y los proyectos de los candidatos, y de atisbar el futuro que desean para el partido y para la región. Y útil, porque generará movimientos de fuerzas y reactivación de intelectos, y sacará al PSOE de esa anestesia interna en la que está instalado desde que pisó moqueta de gobierno. Con independencia, además, de quien gane la pugna.

Lola y Blanca son dos políticas de raza que llevan años demostrando su valía para gestionar lo público, y para dirigir lo interno. Y van sobradas de facultades para articular sendos proyectos que ofrecer que ilusionen a los ciudadanos y revivan a la militancia socialista como herramienta básica en la difusión de la acción de gobierno y en la recepción de las demandas sociales. Hasta ahora han seguido la senda de la colaboración en la dirección del PSOE en Cantabria, y desde ahora, en el debate y en la confrontación, deben hacerlo además en la de la lealtad y en el respeto. Lealtad a las siglas y lealtad a los ciudadanos que las han colocado a cada una en su sitio, y respeto por encima de inquinas personales, de reproches y de trampas. Porque el debate debe ser limpio y de ideas para ser eficaz, y tener como único sustento el proyecto y como único horizonte el que se quiera ofrecer a los ciudadanos y para el partido, lejos de afanes personales y de luchas intestinas.

Claro que toda fuerza tiene su contrafuerza, y en cualquier grupo hay más papista que el Papa que sólo encuentran en el triunfo de su apuesta su propia supervivencia. Esto es lo único, y no poco, a lo que ambas no debieran dar opción. A que a su alrededor, y por encima de las aportaciones al análisis, al proyecto y a las propuestas, se conformen grupos de presión que quieran pasar factura a viejos desaires y retomar el pulso de un modelo de partido basado en la pleitesía y el sometimiento sin crítica. No creo que los ciudadanos entendieran ni aceptaran meses de querellas por cuotas de poder, y desde luego ni el PSOE ni sus afiliados mereceríamos que el debate fuera suplantado por la lucha por los puestos. Ejemplos del mal resultado que esto tiene nos sobran (Santander, por ejemplo).

De que la pasión en defensa de cada proyecto esté puesta en su contenido, en su contribución ideológica, en su catálogo de propuestas, en su articulación del futuro del partido y de nuestra tierra, deben ser responsables primeras las dos candidatas a la Secretaría General. Sin más límite que el que imponga la cabeza, y con cuanta pasión les deje el corazón. Pero también sin que la competencia caiga cautiva de los intereses personales de quienes las jalean. Ellas ganan, y el PSOE gana, si los perdedores de siempre no les hacen campaña.

Cuando en el PSOE de los 90 surgió la corriente renovadora, solía preguntarse a los afiliados si ellos eran guerristas o renovadores. Ahora y después, ante la pregunta de si somos de Lola o de Blanca Rosa, la única respuesta debe ser que del PSOE. Como son ellas, y como estoy convencido de que quieren que seamos los militantes por encima de filias y de fobias.


Chantal Sébire

3 abril 2008

Yo no quiero morirme nunca. Imagino que como todo el mundo, quiero vivir bien hasta tener cien años, que es esa edad mágica a partir de la cual parece que ya no queda nada nuevo por hacer. Y además quiero vivir sin achaques, sin más dolores que los de la mandíbula de reír, el estómago de comer y los pies de andar en viajes encadenados sin fin. Con mi pareja, en mi casa, con salud, dinero y amor, y rodeado de mis amigos de toda la vida, la mía y la suya. Claro que si pongo los pies en la tierra, me palpo la ropa y observo a mi alrededor, soñar con una placentera vida hasta la centuria es una entelequia reservada a saludables chinos de las montañas y a recias mujeres de los entornos rurales más salvajes. El res­to, nos estropeamos con cada página arrancada del calendario, y nos encorvamos al ritmo que se nos caen el pelo, las carnes y los años.

Supongo que Chantal Sébire querría antes de enfermar algo parecido a lo que yo. Chantal es esta mujer francesa que pidió que le permitieran dejar este mundo con dignidad, y que ante la negativa obtusa de la ley y de los jueces, y el silbar para otro lado del Presidente francés, hubo de buscarse la vida precisamente para dejar de vivir. Chantal estaba gravemente enferma, no tenía esperanza de vida (en términos médicos), y sufría terriblemente. Supongo que por su cáncer, pero también porque su decisión de morir plenamente consciente de que lo hacía, y la valentía de su petición para que le ayudaran a hacerlo en las mejores condiciones posibles, no sería un trago fácil de pasar. Y seguro que porque esta sociedad nuestra repleta de miedos absurdos, incapaz de acompasar progreso y bienestar con una verdadera apertura de horizontes mentales, y de entender que la calidad de vida no la dan ni el dinero, ni los acompañamientos de caridad, ni los tubos y los narcóticos o los comas inducidos, no la había comprendido ni le quería ayudar.

La eutanasia lleva muchos años siendo un debate pendiente que nadie se atreve a poner en eso que llaman las agendas políticas. Unas veces porque dicen que no es una preocupación de la mayoría social, como si a esta no le importara morir sin dolor y con dignidad; otras, porque no está entre las prioridades ciudadanas que los dirigentes se marcan para sí mismos con el fin de seguir ganado elecciones, que es la mejor manera de no tocar en la puerta de las conciencias y adocenar al personal con el pan y el circo de lo inmediato; y algunas más por seguir dando satisfacción a cuatro estómagos agradecidos como los de la Iglesia. El caso es que no se da pie a una discusión plural, sosegada, sensible, abierta, más humana que moral o científica, sobre la eutanasia, y cualquier atisbo de ella cuando surgen casos como el de Chantal se acalla cuanto antes.

Tener calidad de vida, como dice la OMS, es alcanzar una percepción positiva del lugar de cada uno en la existencia, en el contexto, entre otros, de sus expectativas y de sus inquietudes. Es ser feliz, gozar de bienestar físico y espiritual, sentirse libre e independiente, tener una sensación positiva y útil de la vida, estar intelectualmente activo. No parece aceptable que quien desee esta calidad de vida no pueda decidir cuándo ponerle fin porque sus condiciones físicas o mentales no se la conceden en plenitud. Dar la opción de concluir el paso por esta vida a quien no entienda mantener la cordura de una existencia sin dolor, sin sufrimiento propio y ajeno, con absoluto control sobre sí mismo, choca con la racionalidad misma de vivir.

Chantal Sébire fue libre para decidir, y quiso que le ayudaran a cumplir su deseo desde la lógica de una sociedad justa, compasiva y sensata. Pero se encontró frente a ese muro de la incomprensión acrítica que no discute sobre nada, y menos sobre la muerte. Chantal ya se fue, pero quedan más Chantales que a futuro no merecerían ni ser foco de cámara en su sufrimiento ni efímeras polémicas de salón.


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