La niña del estrambote

Que lo de la niña de Rajoy en el debate con Zapatero fue una ñoñez, no lo pone en duda nadie, ni siquiera en el PP. Sonó antiguo, apolillado, más propio de una redacción para un concurso escolar que del cierre del discurso de alguien que quiere ser presidente del gobierno de una nación moderna y avanzada. Para nada ayudó tampoco ese tono monocorde pero con saltitos que pone Rajoy cuando hace discursos cerrados, que acompaña de gesticulaciones como de abuelo contando un cuento. Alguien de su equipo estaba lírico cuando preparaban el debate, y le coló una horterada de padre y señor mío.

Pero una vez metido en ese jardín, quizás habría que aprovechar el tirón y preguntar al candidato popular por qué una niña y no un niño; si la chavala es hija de inmigrantes regularizados (tal vez con el abono de transporte como prueba) o no regularizados; si la familia es la tradicional de padre, madre y abuelos, o una homoparental de mujeres u hombres; si la niña tiene alguna discapacidad, si estudia en un colegio religioso, si es católica, apostólica y romana, o judía o musulmana, o incluso atea. Si sus padres son currantes de las cinco de la mañana, mil euros al mes e hipoteca, o son expertos en mercados (de valores) con 2.000 millones de pesetas de indemnización. Si la niña siente España como la mayoría, o lo hace como alguna de las minorías que no lo tiene tan claro (y con todo derecho, además). Si será lesbiana, madre soltera, divorciada, monja, o pasará de todo y con la beca Erasmus decidirá quedarse en cualquier país europeo antes que volver a este nuestro. En fin, si será una niña de cuento del PP, con lazo, tirabuzón, falda plisada y libro de Esperanza Aguirre de cabecera, o como las miles y miles y miles de niñas (y niños) que ya crecen en España en infinidad de ejemplos que al Partido Popular y a su líder trovero se le escapan, o simplemente no quiere ver porque no son de fábula.

De todos modos, al presidenciable pepero la historieta de la niña, la familia y España le viene al pelo para dibujar el país que nos espera como gane las elecciones. Además de traer consigo a los siniestros Acebes, Zaplana, Cañete o Astarloa, seguro que se carga la Ley de la Igualdad, con lo que la niña volverá a estar un paso más atrás que sus hermanos varones, si los tiene. Los homosexuales perderemos los derechos civiles que nos hacen ciudadanos iguales al resto de los españoles, y que sólo Zapatero ha tenido el coraje de reconocernos, con lo que la niña, de ser lesbiana, no se podrá casar ni adoptar (ni ser considerada primer familiar en caso de necesidad médica, ni heredar, ni hacer declaración de la renta conjunta con su pareja, ni…. Los dependientes seguirán siéndolo, pero a buen seguro sin las ayudas de las que ahora pueden empezar a disponer. Decaerán las ayudas a los jóvenes para comprar o alquilar viviendas, así que como papá no pague el piso, la niña se quedará en el hogar familiar hasta que se jubile. La religión volverá a su sitio frente a los luceros en la enseñanza, para rezonga de los obispos y desgracia de la aconfesionalidad del Estado proclamada en la Constitución. Los inmigrantes tendrán que aprender a hacer tortilla de patatas, bailar flamenco, ver futbol el domingo, y hacerse buenos cristianos. Vamos, una España a la medida del olor a rancio y lo ridículo del discurso de la niña.

Tengo mucha confianza en los millones de españoles que me acompañan cada día en la aventura de vivir España. Por eso, espero que la mayoría voten el día 9 por ellos mismos y sus circunstancias vitales, y no buscando un reflejo imposible en la paradoja burlesca y estrambótica de la niña de Rajoy. Porque más nos vale a todos que este señor no gane.

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