ESPAÑA NO LLEVA REMEDIO

Este país no tiene remedio. Está lleno de pícaros, tramposos y buscavidas que hacen del timo y el engaño un deporte nacional, y en ocasiones un modo de vida con un resultado casi siempre tirando a cutre y raquítico. Claro que también es verdad que las más de las veces lo que hacen los listillos es aprovecharse de los huecos que dejan los espabilados que ponen las cercas, que pretendiendo ser perfectos están instalados en otro de los ingredientes del caldo de cultivo de la españolidad, que es la chapuza.

Me he quedado de piedra viendo un reportaje de no recuerdo qué televisión sobre qué ha de hacer un extranjero en el aeropuerto de Barajas para colarse (en el sentido más literal y cañí de la palabra) en España sin pasar control alguno de documentación: algo tan simple como empujar una puerta y bajar en un ascensor. Sin más, sencillo y limpio. Nada de jugarse el tipo entre mares encrespados, o escondido en los bajos de un camión, o camuflado en un autobús de turistas. Un circuito por unos pasillos, una cafetería como meeting point, unas cabinas de teléfono como referencia espacial y toda una señora puerta metálica abierta de par en par. Parece que el mapa de este tesoro en forma de instrucciones a seguir se compra en los países de origen de los opositores a inmigrantes ilegales. El programa de televisión tenía uno que le habían requisado a una limpiadora española. Y aquí empieza el guión de lo patrio: el pícaro que saca provecho (seguro que cuatro duros a repartir entre mil intermediarios) a cuenta de la chapuza ideada por algún intelectual de la seguridad, o la desidia de un supervisor, y a la que nadie ha sido capaz de poner remedio. Ni siquiera después de descubrirse el coladero, porque la cámara oculta del reportaje hace el recorrido sin encontrar ni un solo obstáculo.

Si no fuera porque estamos hablando de un aeropuerto (ese sitio donde para subir a un avión te tienes que desnudar delante de unos guardias muchas veces poco delicados, y alguna con esos aires chulescos que tienen los porteros de discoteca –también muy español que un conserje con charreteras en el uniforme se crea General de División-), de seguridad (el recorrido inverso puede dejar muy cerca de las puertas de embarque a cualquiera con malas intenciones), y de la desgracia que rodea a los que buscan en España el paraíso que les saque de la miseria de sus países de origen, esto del plano y la puerta plateada sería de risa. Pero no, no lo es. Es una razón más para alimentar el escepticismo como actitud vital que a cualquiera con dos dedos de frente le empapa el alma en este país de capote, castañuelas y pandereta.

Estas cosas que pasan son sintomáticas, y en escala mucho más modesta se encuentran en cada esquina de lo cotidiano. De tanto verlas, de tanto fomentarlas, y de tanto consentirlas acríticamente, las hemos hecho pasar a formar parte de nuestra idiosincrasia, esa bandera de cómo somos que espanta al extranjero más pintado y que ha terminado por definirnos por esas tierras de Dios, como los toros y el olé. Y con cada esfuerzo por superarlas, con las patas de atrás las hacemos más grandes. Es lo dicho: España y los españoles no llevamos remedio.

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