Cruces sólo en los altares

La Iglesia anda estos días enciscada con una campaña (como las de los centros comerciales cuando celebran aniversarios) tratando de convencer a los ciudadanos de que aporten a sus arcas dinero suficiente para hacer frente a todo ese elenco de acciones sociales y humanitarias que sin ellos, dicen sin ponerse rojos, no se llevarían a cabo. Se han gastado un pastón en folletos y anuncios, en televisión, radio y prensa escrita, que seguro hubiera estado mejor empleado en alguna que otra cosa más cercana a los más humildes. Y pasan el cepillo pidiendo cruces en la declaración de la renta al mismo tiempo que sus gerifaltes mantienen el asalto a los principios de la participación democrática de los ciudadanos en la vida política de España, denunciando adelantos constitucionales esenciales alcanzados en estos tiempos, y pretendiendo que sus arcaicos valores sectarios y excluyentes sean los que primen y orienten la vida colectiva en un estado que cualquiera sabe es aconfesional y laico.

Yo no soy católico, y por supuesto no pienso aportar ni un duro. No necesito a la Iglesia para poner algo de lo mío al servicio de la solidaridad, pero de la de verdad, que no se acompaña de broncas ecuménicas y sermones moralizantes, ni de llamadas al infierno y al retorno de las plagas bíblicas. Y aunque lo fuera, tampoco le daría un céntimo a esta pandilla de curones que se arroga el papel de salvadores arrebujados en la bandera del nosotros o el caos, tan recurrente para una institución que lleva siglos campando a sus anchas sin que se le ponga el freno que hace falta, hoy más que nunca, cuando está tan absolutamente consolidado nuestro Estado Social y Democrático de Derecho.

En torno a este asunto del pedir, hay dos cosas que me causan más estupor que el resto. Una son los números que usan para embaucar al personal vinculándolos a su inestimable labor social, y entre los que han incluido los de los bautizos que celebran al año (y se han quedado tan anchos). Como si eso, bautizar, fuera una de las piedras angulares del estado de bienestar. Las otras cifras serán reales, pero también el fruto de la secular pleitesía rendida a la Iglesia en este país, que le ha dejado consolidar un status quo del que ahora quieren sacar provecho. Claro que los curas y las monjas tienen centros de enseñanza, y residencias de ancianos, y cuidan enfermos en hospitales, y ayudan a los colectivos más desfavorecidos de la sociedad. Pero gracias a Dios, de no hacerlo ellos (y en más de una de esas instituciones seguro que sus beneficiarios preferirían que lo hicieran otros menos proclives a la dureza monacal en el trato), el Estado, que ese sí somos todos, se encargaría como ya lo hace. Y sin usar lamentos de cocodrilo para pedir que le sufrague.

La otra cosa que me abre las carnes es que coincida en el tiempo la campañita recaudatoria con el lloro del arzobispo de Toledo, el ultraderechista Cañizares, por tener un sueldo que no llega a los mil euros mensuales. Que este señor salga por peteneras con este asunto del salario sí que es una inmoralidad. Me gustaría que tuviera el mismo valor que tiene para insultar al gobierno que para explicarle a cualquier joven que quiere emanciparse qué es eso de que los obispos cobran poco. Y de paso, también a ese mismo joven, por qué después de denigrar con sus absurdos planteamientos ético-morales a millones de ciudadanos españoles con sus derechos constitucionalmente reconocidos y amparados, habría que echar nada al cepillo de la Iglesia que dirigen él y cuatro como él.

Sé que la Iglesia Católica es aún hoy un poder fáctico que hunde profundas sus raíces y todavía toca muchas teclas aquí y allá (no se entiende si no que aun estén vigentes al tiempo la Constitución y los Acuerdos con el Vaticano de 1.979). Pero también estoy convencido de que cada vez más españoles queremos que nuestros gobernantes dejen de pasar las manos por las sotanas y doblar el lomo a sus anillos. Y hasta que llegue ese día, que beatos y santurrones sean los que les paguen sus caprichos. No con mis impuestos.

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