Me aburre esta ciudad

No es ningún secreto: Santander es un coñazo de ciudad. La culpa es un mix de responsabilidades, pero sobre nuestra, por no gritar que aquí hay bien poco quehacer. Tanto esfuerzo para el ocio, tanto candidato poeta, tanta derecha parquista (de parque), tanto verde de expansión, y Santander sigue sin cines, sin teatros, sin museos, sin programas para el entretenimiento, sin tiendas abiertas los sábados, sin más juerga, sin más cultura, sin más diversión. Vieja sí, cada día más, con la Cañada Real que dice una amiga mía que es el Paseo de Pereda hasta la bandera de señores ociosos por las mañanas, y de sus ociosas señoras por las tardes. Pero aburrida y sosa también, en grado exponencial al de la edad de los pobladores de terrazas frente al mar.

Y yo me aburro con ella. Nada extraordinario para hacer, ni aún teniendo la imaginación desbordada. Nos queda el periódico, un mediano en vaso, los murmullos de lo rancio, y el moho del tiempo que pasa mientras Santander vuelve al hastío y las grisuras del siglo XIX.

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