Anecdotario Parisienne (II)

Siempre había oído decir que España cuenta con los mejores hoteles del mundo, pero creía que era chovinismo patrio. Cuando estuve en Lisboa, el sitio en el que nos metimos dejaba mucho que desear, pero bueno, consideré simplemente que me habían engañado con las fotos de la web (sí, eso que dicen que nunca debe hacerse, que es fiarse, yo lo hice). Pero de París he vuelto convencido de que los que dicen aquello tienen razón.

Bien situado, limpio, pero pequeño, muy pequeño. Nuestra habitación al menos, una agaterada como para media persona donde nos metiron a dos, con nuestras maletas-baúles cargadas de ropa que casi no usamos, y que cada día parecía más chica. En el baño sólo podía estar uno cada vez, y entrar en la ducha era como meterse en un armario (se desbordaba la pila, un magnífico sistema para controlar el tiempo bajo el agua). Lo peor, las camas: de 1’80 por lo que doy yo de ancho, inclinada a la derecha y cada día hecha con tan mala baba que había que rehacerla antes de acostarse. La ventana que cierra mal, las mantas que pican, las almohadas que no abultan, y las cortinas que dejan entrar toda la luz del día, y de la noche, de manual de hotel mediocre. Lo único que no lo era fue el precio, aunque de eso tampoco me quejo, que para eso trabajo y me lo gano.

Incluía la oferta de la web atrapa-precios el desayuno, y acabé de croissant con mermelada (siempre era de fresa, y costaba un huevo conseguir de melocotón), y una especie de pan-baguette chiclosa y blanda, hasta el gorro. Acompañado, eso sí, del resto de huéspedes (el 90% de la Europa del Este) en coquetas mesas amontonadas en una especie de sótano al que se llegaba atravesando varias puertas con trémulos carteles de no pasar, peligro, y dejando atrás las jaulas de la ropa de cama, las fregonas y las bolsas de basura de la limpieza.

A partir de ahora, dejaré que escoja José Manuel, que tiene mejor vista, pero viajaré convencido de que los mejores hoteles son los nuestros, y me prepararé mentalmente para camas pequeñas, baños pequeños, techos bajos, armarios imposibles, moquetas verdes, colchas marrones, almohadas sin relleno, sábanas sin estirar y duchas incontrolables. Y todo a unos precios de cuatro y cinco estrellas en España. Pero…vacaciones son vacaciones.

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