Mariano sin peineta

14 octubre 2007

Que decepción Rajoy en el desfile de la Hispanidad, que no llevaba peineta y mantilla. Me lo hacía yo allí vestido de español, llegando en calesa y saludando con un abanico de flores. Y se me presenta con traje y corbata, ni tan siquiera con un sombrero cordobés y unas castañuelas. Menudo patriota de salón de casino castellano…

Bromas aparte (y tópicos también, que todos sabemos que España es mucho más rica que esto, y que lo que cuatro pirados ahora quieren malvendernos), Rajoy sí que ha decidido convertirse en otro salvapatrias de esos que tantos disgustos han dejado escritos en la historia de nuestro país. Orillando al PP muy a la derecha, reocupando un espacio que tan proclive resulta a burdas llamadas sentimentales de las de golpe en el pecho, taconazo y “Viva España”, el líder popular se tapa las vergüenzas con la bandera nacional, hace suyos y de los suyos los símbolos de todos, y monta un circo-show alrededor de un peligro que no existe: la de una España sin más españoles de fe y de corazón que los que salen a jalear la enseña, o la usan para adornar balcones, vestir perritos y hasta hacerse calzoncillos.

Gracias a Dios, España tiene más españoles que los que ahora vuelven a las guardias junto a los luceros y el resplandor rojo y gualda. Rajoy se ha aupado, sin pudor ninguno y en medio de delirantes aires de grandeza, a un pobre discurso patriótico que huele a blanco y negro, y a años de victoria muy, pero que muy pasados.

Me pregunto yo si no sería mucho más didáctico y útil que el líder popular explicara a los españoles por qué su partido mantiene cautivo al Consejo General del Poder Judicial impidiendo su renovación, o qué clase de arteros movimientos están provocando en el Tribunal Constitucional para poner en crisis los adelantos sociales de la legislatura. Incluso que volviera a contarnos por qué se oponen al matrimonio de gays y lesbianas, a la igualdad en el acceso a cargos públicos para las mujeres, a la ley de dependencia, a la justicia para las víctimas del franquismo, a las oportunidades de los jóvenes para alquilar,…

Soy español tanto como el que más, pero no necesito un acto de fe de ello cada día. Y mucho menos que nadie como Rajoy o el PP vengan a darme carné de patriota si hago o no hago no sé con mi bandera de España cuando a ellos les apetezca y como a ellos les parezca. Vamos sobrados en este país de divisionistas y sectarios, de tramposos y frentistas. Los símbolos que nos unen no están en discusión, por mucho que los Rajoy, los Acebes o los Zaplana se empeñen ahora en ponerlos en un filo de navaja que sólo está en su mente y en su estrategia. Mejor se ponen a hacer política en vez de barata demagogia.


Anecdotario Parisienne (II)

3 octubre 2007

Siempre había oído decir que España cuenta con los mejores hoteles del mundo, pero creía que era chovinismo patrio. Cuando estuve en Lisboa, el sitio en el que nos metimos dejaba mucho que desear, pero bueno, consideré simplemente que me habían engañado con las fotos de la web (sí, eso que dicen que nunca debe hacerse, que es fiarse, yo lo hice). Pero de París he vuelto convencido de que los que dicen aquello tienen razón.

Bien situado, limpio, pero pequeño, muy pequeño. Nuestra habitación al menos, una agaterada como para media persona donde nos metiron a dos, con nuestras maletas-baúles cargadas de ropa que casi no usamos, y que cada día parecía más chica. En el baño sólo podía estar uno cada vez, y entrar en la ducha era como meterse en un armario (se desbordaba la pila, un magnífico sistema para controlar el tiempo bajo el agua). Lo peor, las camas: de 1’80 por lo que doy yo de ancho, inclinada a la derecha y cada día hecha con tan mala baba que había que rehacerla antes de acostarse. La ventana que cierra mal, las mantas que pican, las almohadas que no abultan, y las cortinas que dejan entrar toda la luz del día, y de la noche, de manual de hotel mediocre. Lo único que no lo era fue el precio, aunque de eso tampoco me quejo, que para eso trabajo y me lo gano.

Incluía la oferta de la web atrapa-precios el desayuno, y acabé de croissant con mermelada (siempre era de fresa, y costaba un huevo conseguir de melocotón), y una especie de pan-baguette chiclosa y blanda, hasta el gorro. Acompañado, eso sí, del resto de huéspedes (el 90% de la Europa del Este) en coquetas mesas amontonadas en una especie de sótano al que se llegaba atravesando varias puertas con trémulos carteles de no pasar, peligro, y dejando atrás las jaulas de la ropa de cama, las fregonas y las bolsas de basura de la limpieza.

A partir de ahora, dejaré que escoja José Manuel, que tiene mejor vista, pero viajaré convencido de que los mejores hoteles son los nuestros, y me prepararé mentalmente para camas pequeñas, baños pequeños, techos bajos, armarios imposibles, moquetas verdes, colchas marrones, almohadas sin relleno, sábanas sin estirar y duchas incontrolables. Y todo a unos precios de cuatro y cinco estrellas en España. Pero…vacaciones son vacaciones.


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