Anecdotario Parisienne (I)

Durante unas cuantas entradas del blog, y a medida que me vaya acordando, voy a compartir con vosotros esas anécdotas de viaje de vacaciones que todo el mundo tiene, que en su momento te enfada, o te sonrojan, pero que luego, ya todo pasado y el dinero gastado, dan como igual, y hasta risa.

El viaje desde Bilbao hasta el aeropuerto Charles De Gaulle estuvo bien. Mucho niño a los resort de Disneylandia, con muchos padres tan en éxtasis como ellos, pero todos controlados por esa mezcla de responsabilidad que producen el acojono del avión y la cara mitad candidez y mitad pitbull de los asistentes de cabina. No hubo aplausos al aterrizar (eso lo hacen, litearlmente, los americanos, que en mi viaje a NY el año pasado se dejaron las manos a la ida y a la vuelta), y el menú no incluía anacrados pero sí avellanas.

La gran desgracia llegó al recoger el equipaje. Imagino que con esa querencia que tienen las maletas a estampanarse solas contra el suelo desde lo más alto de las máquinas que las suben hasta la bodega, o con esa otra a volar también solas de un extremo al otro de las terminales de carga y descarga, o incluso con la malsana manía que les lleva a apretarse hasta lo imposible en los carritos de transportes por las pistas (para nada tienen concurso los maleteros del handling, que cualquier puede constatar el mimo y cuidado con las que las tratan todas, sean del material que sean), a mi maleta, la muy puñetera, le dió por romperse. Pero no un poco, sino del todo: el sistema de ruedas y manguito para arrastra se quedó en nada.

Del estupor pasé a la mala leche (y yo me gasto un montón de esa, aunque esta vez sin juramentos, que estabamos fuera), y de ahí otra vez al estupor, haciéndome esas preguntas tan estúpidas sobre por qué pasan estas cosas, quién tiene la culpa (nunca nadie), y repitiendo pasillo arriba pasillo abajo lo de “qué putada, qué putada”.

Así que lo primero que tuve que hacer cuando se me pasó todo fue poner una reclamación en el mostrador de Air France. La señorita que nos atendió (ni papa de español, claro, como en casi todo París, que debe ser porque allí no viajamos españoles al cabo del año) no dió muestras de sorpresa, por lo que he llegado a la conclusión de que debe ser muy habitual esto de que las maletas se rompan solas durante el vuelo, y de que el alto precio de los billetes es porque incluyen un porcentaje para reposición de equipajes.

Al final hubo suerte, y regresé con una maleta nueva (sólo al embarcar, porque al recogerla también tenía algunas señales evidentes de batalla) que me cambió por la rota un amable vendedor de maletas francés que se frotaba las manos, y para cuya gestión el día antes de mi regreso hube de gastar dos horas, dos viajes en metro y nueve euros de un café y un zumo.

Me queda el consuelo de que a mí no me perdieron el equipaje, como a ese pobre señor argentino que estaba también reclamando en el mostrador, y que por el tono de la piel de su cara no le quedaba ya sangre en el cuerpo después de tamaña putada.

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