Sinvergüenzas de medio pelo

Hace muchos años, tantos como ocho, un director de una radio pública (tampoco hay tantas como para no ponerle nombre al personaje) se vino al Consejo Asesor de RTVE en Cantabria a vender la idea de organizar un concurso sobre música popular. Tenía ya empresas involucradas, y necesitaba el respaldo de la institución regional que vela por los intereses de los cántabros en TVE y RNE en la comunidad autónoma para darle el caché que el evento al final consiguió alcanzar. Hasta su despedida como director, el Consejo gastó 96.000 euros del dinero de su presupuesto (público, de todos), y RNE implicó a sus profesionales más allá de sus obligaciones laborales. Ambos, Consejo Asesor y trabajadores, con el único ánimo de ofrecer un marco de promoción de nuestro patrimonio cultural, y fuera de cualquier afán de protagonismo más allá del que debe darse a nuestra tradición.

La inquina por un cese tan legítimo como no deseado, y la soberbia de creerse por encima del esfuerzo colectivo, llevaron al que habia tenido la idea a hurtarla, nombres incluidos (que fueron registrados por algún amiguete), y ponerla al servicio de un par de empresas privadas (de las que tienen en su cuenta de resultados un apartado dedicado a los trofeos que entregan en lo que sea con tal de salir, y alguno de cuyos directores ha querido hacer política regional en vez de dedicarse a vender más camisas y más corbatas), de algunas instituciones amigas (que no se han sonrojado a la hora de dar aquí y allí, pero sobre todo allí y más) y de un ego tan desbordado como patético.

Otros dos años más, el Consejo Asesor ha podido mantener la aventura. Con más dinero (cerca de 55.000 euros en dos ediciones) y más esfuerzo personal (asumiendo directamente la organización), también al lado de la radio pública, pero de nuevo con la incapacidad y la chulería de los que quieren fotos y no trabajo como compañeros de viaje. Porque ha faltado lealtad en quien debió reponer la perdida por su antecesor, y le ha sobrado desfachatez para hacer la pelota y buscar un cargo más alto que al final ni siquiera ha llegado.

Hoy, aquel concurso-gala-festival se ha convertido en la banqueta en la que dos quiero-y-no-puedo de muy cortas miras se esquilan para tratar de sacar cabeza y vender como suyo algo que no lo es, que no lo ha sido nunca, y que se han cargado como proyecto de relumbrón y calidad. De nada ha servido el gasto del Consejo Asesor, o el apoyo explícito y entusiasta del gobierno regional, o el del público, que año tras año ha premiado el evento con su asistencia y un seguimiento masivo, o la entrega de los interpretes, que le dieron calidad. Al final, la miseria que destilan cuatro fotos con autoridades, y las ansias de parecer alguien cuando en realidad se es un gato de medio pelo, se han cargado un festejo que gustaba, prometía, era bueno y de todos.

Uno organiza galas en pabellones, vete tú a saber llevándose cuánto caliente gracias al impulso que dieron el dinero y el trabajo de otros. Otro llora por las esquinas favores no pagados, y he oido que buscando seguir él solito en la estela del éxito también ajeno, doblando el lomo y tirando de levitas. Ambos, en comandita, son responsables de que un magnífico proyecto haya acabo en la papelera de lo que ya no es colectivo sino un puro ejercicio de egoismo y prepotencia.

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