Buen rollito, y café.

Que Íñigo de la Serna no es Gonzalo Piñeiro salta a la vista (y menos mal). Más joven, simpático, más educado, prudente, menos estridente. Mejor, vamos. Ni en campaña, ni ahora fuera de ella desde la poltrona de alcalde, le he oido una palabra más alta que otra, de esas a las que Piñeiro nos tenía tan acostumbrados. Porque el senador ha puesto casi siempre la voz y los gestos al servicio del menosprecio y la falta de respeto.

De la Serna ha comenzado su legislatura buscando consenso y ofreciendo acuerdos: con la oposición, con el Puerto, con el Gobierno regional, con el Estado. A todos a los que Piñeiro enseñó los dientes, el nuevo alcalde les ha tendido ahora la mano, y a bote pronto, su deseo de anteponer el interés de la ciudad a los de su partido parece sincero. Desde luego, tender puentes y no quemarlos como en la etapa anterior, es más inteligente, y seguro que reporta más beneficios y un mejor papel que el de víctima desesperada y propiciatoria, tan de la pasada legislatura.

Los representantes ciudadanos tienen por primera obligación satisfacer nuestras necesidades y solventar con agilidad y eficacia nuestros problemas. Por eso, sólo desde la conciliación de intereses y desde el pacto es posible entender la actuación de los poderes públicos. Santander ha estado resignada en los últimos cuatro años a padecer la injusticia de un regidor poco dialogante que escogió la confrontación en vez del acuerdo, y al que el buen talante de quien le sustituye ha dejado en mal lugar. Es el momento de acordar, de afrontar proyectos entre todos, desde el respeto, dejando de lado posiciones partidistas, y con el horizonte de los ciudadanos como unívoco referente. Porque sólo así, la política tendrá cara amable, y no ese rostro crispado y tenso en el que ha estado instalada cuatro años.

Las administraciones municipal y regional se necesitan mutuamente. En Santander quedan muchas cosas por hacerse que deben contar con el apoyo decidido e incondicional del gobierno de Cantabria. Pero también este precisa ir de la mano del ayuntamiento en algunos de sus proyectos. Y no se trata de un mero quid pro quo interesado, sino de una cuestión de responsabilidad. Nuevos tiempos, mejores talantes, más respeto a quien es destinatario último de la acción política, y justificación misma de esta, que no son otros que los ciudadanos y la resolución óptima de sus problemas.

(PD. Dedicado a Luismi Artabe, con el que uno que los dos sabemos se ha comportado con cobardia y mucha falta de respeto).

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