La emoción de la despedida

En mi marcha del ayuntamiento, después de estos duros cuatro años de actividad pública, me había conjurado a mí mismo para tratar de no emocionarme. No es que no quisiera ponerle sentimiendo al hecho de cesar en una labor continuada de tanto tiempo. No. Se trataba más bien de que la fuerza y la firmeza profesionales se antepusieran a lágrimas y gimoteos. Pero no ha podido ser.

Ayer envié un sencillo correo electrónico a funcionarios, personal laboral y resto de ediles de mi ayuntamiento haciendo lo que me han enseñado que se hace: despedirme cuando me voy, dar las gracias por la ayuda y el apoyo recibidos en mi quehacer, y pedir perdón si en algo o a alguien he fallado. Nada que no esté en el fondo de la educación y el saber estar. No esperaba respuestas, porque en realidad no hacen falta, pero las he tenido. Unas cuantas decenas de los que han recibido mi nota me han devuelto cálidas palabras y sinceros deseos para el futuro, y otros tantos lo han hecho por los pasillos. Y no he podido reprimir el llanto del agradecimiento más sincero por su gesto.

En cuatro años he visto de todo. Mucha gente pidiendo, y muchos dramas personales. He tratado en todo momento de que no me afecten unos más que otros, sino todos por igual para que todos tuvieran de mi igual respuesta y el mismo esfuerzo para que fueran superados. Lo he dio consiguiendo, mejor al final que al prinicipio. Pero ha sido ahora cuando esos muros-coraza que uno construye para protegerse se han venido abajo.

En mi relación personal más íntima con la gente soy fácil de contentar porque no pido nunca nada. Si acaso una sonrisa, o un apretón de manos. Por eso, la sencillez de los correos y las palabras recibidas es para mí todo un mundo, el mejor de los recuerdos y por supuesto el más grande de los obsequios. Por todos los que de ellas son dueños, ha merecido la pena.

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