Mi querida amiga:

Casi que para empezar deba lamentar que no creo que llegues a leer esto. Mi blog se conoce poco, y a tí según qué lecturas no suelen interesarte (de esta, desde luego, no se puede sacar ningún provecho para “lo mío”). Aún así, por carácter (sabes que tengo demasiado) y por comprimiso con quienes si me leen, no puedo dejar de escribirte.
No fuí yo quien contó a los medios lo de vuestra lista. No. Y no porque no estuviera al cabo de la calle de la riada de nombres y desnombres que en los días previos al nihil obsta llegaron a los corrillos de la política de andar por casa de esta nuestra ciudad. No tengo tiempo para cuchicheos, siseos y chascarrillos, pero me sigue quedando para la responsabilidad: esa no era, ni es, mi guerra, y dicho en castellano de toda la vida, además, me importaba un pito el color de lo que saliera. Me sigues dando demasiada importancia, porque ( y a tí te lo he oido) nunca he sido nadie.

No entro a discutir, por otra parte, qué pudo tener de malo que los periodicos y las agencias contaran a la opinión pública quiénes habían sido propuestos para representar nuestro proyecto en las instituciones (eso se llama transparencia, algo tan reclamado ahora). Salvo que con la publicación anticipada se estropeara alguna espectacular puesta en escena, o el pago de algún favor debido a alguién (eso que llaman exclusiva). Pero esa cuenta no es mía, y no puedes cobrármela.

Al final de acto, te acercaste a quien conmigo estaba e hiciste un chiste de dudo gusto sobre la pluma de la noticia, y en ese momento no lo entendí. Ahora ya sí. Te equivocaste entonces (no sólo con el chiste, tan hortera) y te sigues confundiendo ahora (me cuentan que insistes en la teoría): otra vez no fuí yo.

No seré yo quien te diga en qué debes poner tus esfuerzos ahora, en este periodo y en el que ha de llegar, pero permíteme que sí te diga en quién no: en mí. Como tengo dicho a varios en estos tiempos, déjame en paz. Estoy de salida, he cumplido mi comprimiso público que ya termina con responsabilidad y más o menos acierto. Ahora les toca a otros (a tí entre ellos). Gasta tu energía, que siempre he dicho que es mucha, en ponernos por delante, pero abandona la estela de mi nombre. Y si quieres culpables de lo que sea, seguro que alrededor puedes encontrar mejores víctimas propiciatorias.

Para quien esto lea y no lo entienda, mis disculpas y un ruego: sed mis altavoces. Decidle al viento, y a Ella, que todo lo escucha, que no me siga haciéndo protagonista de sus tramas neuróticas. Que busque otros espejos que romper. Que haga mátires a otros. Que me deje en paz.

Mi querida amiga, termino ya. Mucha suerte, y mucho tino en tu nueva etapa con tus nuevos compañeros de viaje. Si lo hacéis bien, nos irá bien. Y si lo hacéis mal, qué le vamos a hacer. Seguro que habrán sido las circunstancias. Y dame una alegría: en ese caso, no me culpes también a mí.

Con todo mi cariño.

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