Abuelos abandonados

Esta mañana, yendo a trabajar, me he cruzado con un pequeño autobús con señoras y señores mayores, camino, imagino, de un centro de día, esas salas-residencia donde los viejecitos se entretienen mirándose, jugando a las cartas y haciendo ejercicios para la memoria y para mantenerse vivos. Y entonces me he acordado de mis abuelos.
Mis abuelos vivieron sus últimos años de vida en una residencia. En casa solos no podía apañarse, con mi abuela Yaya enferma y mi abuelo Bolo mayor pero tratando de que no se notara, y haciéndo muy notables esfuerzos por cuidar de su adorada mujer aunque sabía que no le era posible hacerlo con suficiente calidad. Y en aquella residencia vivieron muy bien. Estuvieron juntos, felices, atendidos y queridos hasta el final de lo que les toco vivir.
Pero no todos los que compartían aquella vivienda gigante con ellos estaban igual. Visité la residencia siendo concejal unas navidades, y pude ver más plantas, más estancias y más mayores que los que veía en mis visitas a mis abuelos. Pese al esfuerzo de sus cuidadoras, muchos de aquellos ancianos rezumaban tristeza y soledad. Me impresionó la sonrisa con la que aceptaban un saludo, y la emoción que les provocaba un apretón de manos. Tanto todo, que una concejala no pudo evitar las lágrimas cuando nos marchábamos.
Saqué la conclusión de que muchos de aquellos viejecitos sólo se tenían a sí mismos y a sus compañeros de abandono como familia. Y que el calor de sus cuidadores era el único que podrían esperar hasta que les llegara el momento de partir. También sentí una profunda pena, que me vuelve cada vez que me cruzo con un par de ancianos solos.
Cada familia tiene sus razones para apuntalar la decisión de lo que hacen con sus mayores. A mi no me la tienen que dar, por supuesto. Pero de muchas me gustaría que se sentaran frente a ellos, y sosteniéndoles la mirada, se las expliquen y traten de hacérselas comprender. El viejecito nunca dirá nada, asentirá, dejará ver que está de acuerdo si los hijos creen que es lo mejor, añadirá que no quiere ser una carga, y cada día montará en un autobús camino de un centro de día, o se sumará a la comunidad de una residencia, arrastrando lo que le queda de vida y la vivida sin hacerse más reproches que el haber provocado la tensión de una decisión que otros tomaron por él.
Cada persona mayor es un mundo de vivencias y recuerdos, y la acumulación material de los años de vida. Dejarlo todo aparcado entre el aseptismo de salas comunes y comedores masivos, de habitaciones sin cuadros y camas hospitalarias, de pasillos y ventanales de una libertad de prestado, sin explicarlo, pero sobre todo sin justificarlo, es una canallada que ningún abuelo merece.

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