Empiezo por donde terminé

Mi primera entrada es la última del digital donde escribía. Y ojalá un mejor comienzo que este mal final.

A modo de despedida.
Expresar opiniones y denunciar lo que no está bien, incluso con tono desenfadado, ha sido mi propósito desde que comencé a escribir en estas páginas. Por mi labor como concejal de Santander, ha sido este ayuntamiento, la ciudad y sus gobernantes, el centro de mis atenciones. Cualquiera puede comprenderlo: son lo que mejor conozco y de lo que puedo hablar sin riesgo a equivocarme.
Cuando se opina en libertad y desde el respeto, y yo lo he hecho hasta ahora, siempre se espera del contrincante (que no enemigo) una respuesta igual. Iñigo De la Serna, por ejemplo, diana de mis dardos creativos y de críticas contundentes, ha bromeado conmigo alguno de mis artículos, y yo le he agradecido el buen tono y el sentido del humor. Dice esto mucho de él como persona. Porque podremos divergir en lo político, tener distintos puntos de vista sobre qué hacer o qué no hacer, antes o después, para ayudar a los vecinos, pero siempre con salvaguarda de nuestras circunstancias personales. Pero no todos son así, ni se comportan de igual modo.
Hay quien en su discurso lo confunde todo, seguramente porque en su vida no tenga nada claro dónde empiezan unas cosas y acaban otras. Y porque atacar enfangando con asuntos personales es muy fácil. No lleva el trabajo ni siquiera de tener convicciones ni criterios ni perspectivas. A veces, ni principios.
No tanto con mis primeros artículos En Libertad en este digital como con alguno de los últimos (y me reafirmo absolutamente en todos), he vuelto a ser lanzado al ruedo mezquino del “todo vale”. Otra vez a escuchar esas cosas tan manidas y recurrentes sobre mi vida personal o mi dedicación profesional. Otra vez a ponerse en entredicho lo que hago en mi trabajo, o las oscuras motivaciones que me llevan a denunciar a estos “inocentes”. Otra vez a confundir lo personal con la legítima crítica política, y a desprestigiar esta con las peores artes cuando lo que pretende es, precisamente, colocar a cada uno en su sitio. Otra vez a los chistes, los chascarrillos de taberna y el “tú más” injustificado para “tapar sus vergüenzas”. Saben ellos, como yo, quienes son los que lo hacen. Y saben ellos, como yo, que lo hacen porque tengo razón en todo cuanto digo, y ellos carecen de argumentos en su defensa.
Todo esto, para su suerte y mi desgracia, me provoca gran zozobra y me hostiga el ánimo. Dice mi pareja que es lo que buscan, y que al hacerlo me dan más razones de las que me quitan. Es cierto. “Ladran, luego cabalgamos”. Pero a mí no me sirve de mucho. Escapan a mi control emocional las sensaciones que me provocan quienes en su carencia intelectual optan por desprestigiar frente a rebatir; quienes teniendo mucho que callar, hablan de los demás retorciendo su realidad hasta la falsedad más absoluta; quienes no pudiendo refutar con argumentos, se embozan con la capa de la mentira, la media verdad y los hechos manipulados; quienes creen que todos somos iguales, y que todos valemos tan poco.
No me apetece seguir pagando el precio que algunos han puesto a seguir “en el machito”, dando a diestro y siniestro sin más miramientos que su supervivencia y sus “negocietes”. Lo reconozco: me han podido con su ruin artillería y su cortedad. Han ganado. Y lo hacen porque no pienso entrar en su juego, que mucho sería lo que daría de sí, ni estoy dispuesto a tener que justificarme siquiera frente a un solo oído agradecido que quiera dar por buenas sus construcciones injuriosas. No tengo tiempo para tanto.
Si el peaje porque me dejen en paz este tropel de “miserables” y de malas personas a los que soy tan incómodo poniendo coto verbal a sus tropelías es, precisamente, dejar de hacerlo, sea. A diferencia de ellos, tengo la conciencia tranquila y mucha vida por vivir sin hacer de lo que ellos hacen profesión. En cualquier caso, gracias, y perdón.

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