Un encargo

1 octubre 2018

Avisaron a la brigada por la tarde, en el último momento. El gerente llamó al capataz, y el capataz habló con los hombres de su grupo. Todos dijeron que lo harían, y ninguno preguntó lo que les iban a pagar por ello. El dinero era importante, claro que sí, pero el trabajo que iban a hacer lo era mucho más, o eso pensaban ellos. Doblarían turno, tendrían un extra y les darían un par de días de libranza para compensar el esfuerzo, pero todo eso era lo de menos. Les habían pedido algo de lo que se hablaría durante mucho tiempo, y formar parte de eso sí que era fascinante.

A las 9 de la noche estaban todos en las oficinas. Excepcionalmente les recibió un director ejecutivo de su empresa, acompañado por el gerente, el capataz e inusualmente un policía que dijo ser comisario. Fuera, en el aparcamiento, junto a las furgonetas de trabajo, había también dos coches policiales con agentes de uniforme. Antes de entrar al vestuario a ponerse la ropa de faena, el director les agradeció su compromiso y les explicó la trascendencia de lo que iba a pasar esa noche. Se entretuvo en un aburrido discurso demasiado político y muy poco práctico sobre lo que se esperaba de ellos, que en realidad no les servía para nada. Las instrucciones que valían se las dio su capataz, que no se anduvo por las ramas y les recordó que lo había que hacer había que hacerlo bien, con cuidado y sin distracciones, como lo que estaban acostumbrados a hacer y los profesionales que eran. El comisario de la policía les habló como un sargento del ejército, impartiendo órdenes, lanzando veladas amenazas y advirtiéndoles de las consecuencias para todos si algo salía mal. Antes de acabar la reunión, el gerente les repartió para que firmaran una hoja que ponía “acuerdo de confidencialidad” en el encabezamiento, y que decía que no podían contar nada a nadie de lo que vieran e hicieran durante el trabajo de esa noche, ni al acabarlo ni nunca.

Después de cambiarse, recoger las herramientas y cargar las furgonetas, los 8 obreros más su capataz iniciaron la marcha seguidos por los coches de la policía. Se pusieron en camino pasadas las 10 y media. Desde donde estaban no deberían tardar más de una hora en llegar a su destino. Una vez allí, y si todo iba bien, habían calculado no más de 3 horas en tenerlo todo hecho. Con suerte, antes de las 7 estarían de vuelta en sus casas, con un extra en sus nóminas, varias jornadas de descanso, y una historia que no podrían compartir ni siquiera con sus familias.

Durante el camino apenas hablaron. Unos fumaban, otros dormitaban, alguno repasaba las cajas con los instrumentos. Solamente el capataz parecía pensativo. Desde que se supo que se haría lo que les habían encargado estaba seguro de que les tocaría a ellos hacerlo. Era un trabajo más, sencillo, de los que habían hecho decenas de veces antes. Pero de este había más gente pendiente. Unos de que saliera bien y se hiciera rápido. Otros simplemente de que se hiciera. Había incluso quienes no querían que se llevara a cabo. Estos eran ahora los que le preocupaban, aunque no estaba seguro de en qué podía eso serles perjudicial a ellos, que eran unos mandados. Esperaba que sus chicos apretaran, acabaran pronto y salieran de donde iban cuanto antes. Hecho su trabajo, el problema, si había alguno, sería de otros.

Llegaron a la puerta de entrada al recinto antes de las 12. En la verga principal se unieron a ellos otros dos coches de la policía, y dos furgonetas grandes de color oscuro. Subieron el camino hasta la cima despacio, serpenteando a oscuras por medio de un bosque silencioso que de día no parecía mucho más apacible. Tardaron diez minutos en llegar a la cumbre, que ocuparon en tratar de ver algo a través de las ventanillas. Más allá de las luces de la lejana autopista, y más lejos aún las de la ciudad, no había nada visible. Hasta que llegaron a la explanada de la cumbre. Las luces de al menos media docena de coches iluminaban el aparcamiento, dándole un aspecto fantasmagórico, nada amable, un poco tétrico.

Dejaron las furgonetas en las plazas más cercanas a las escaleras de acceso al edificio para que fuera más fácil descargarlas y volver a cargarlas al terminar. Sacaron el material, entraron con él al edifico y enfilaron un largo pasillo iluminado por una amarillenta luz artificial. Todos seguían sin decir nada. Acompañados de gente con cara de circunstancias, se les había pegado la gravedad del momento. Sonaban los pasos de sus botas sobre el mármol del suelo, y los de los zapatos de la procesión de la docena y media de personas trajeadas que iban detrás de ellos y delante. La sobriedad del espacio, la tensión del momento y la solemnidad de la compañía tensaban el ambiente y reprimían cualquier manifestación de ánimo en cualquier sentido.

Cuatrocientos metros más allá de la puerta llegaron a su destino. Tres grandes focos de obra iluminaban el espacio, que había sido delimitado con una vallas. En un extremo había montado lo que parecía un laboratorio, con una gran camilla metálica en el centro y una mesa también médica con instrumental médico. En el otro, una especie de estudio de televisión, que debía controlar varias cámaras colocadas en trípodes justo delante del lugar donde el equipo debía trabajar. Intercambiaban entre ellos miradas de perplejidad y desconcierto mientras avanzaban hasta su lugar de trabajo. Ninguno esperaba tanta expectación, ni se les había ocurrido que para algo como lo que iban a hacer hicieran falta tantos testigos. En aquel sitio se amontonaban más de 30 personas, que pese a lo espacioso de la estancia proyectaban una imagen de exceso, sobrecargando el ambiente.

El capataz repartió las tareas. Procurarían trabajar muy coordinados para no perder el tiempo, haciendo las cosas con cuidado y bien hechas. Estarían supervisados por un grupo de funcionarios de diversos niveles que les dirían cuándo parar, pero no lo que hacer. Eso solamente era cosa suya. Les rogó prudencia en el hacer y en el decir, y les recordó que vieran lo que vieran, en adelante aquello solamente podrían hablarlo entre ellos, y seguramente en voz baja. Acabó su arenga y se acercó a uno de los hombres de traje, que era quien parecía mandar en el grupo. Pidió permiso para empezar, y cuando se lo dieron con una seca afirmación hecha con la cabeza, levantó el pulgar en dirección a su brigada y entonces empezó todo.

Uno de ellos rompió el trozo de piedra que hacía de cierre y de tope. En el hueco, el más fuerte introdujo una palanca en forma de ele conectada al elevador, y accionó el mando para que subiera. Cuando la losa estaba unos centímetros en el aire, tres de ellos metieron por debajo unos grandes tubos de aluminio. Cambiaron la grúa de sitio, volvieron a meter la palanca y empujaron la piedra hacia delante. Rodando sobre los tubos, la fueron deslizando, poniendo otros nuevos a medida que avanzaban, hasta que la losa quedó sobre el suelo y la cavidad completamente al descubierto. Comenzaron a acercarse los hombres de los trajes, rodeando la fosa y ocupando todo el espacio que la maquinaria dejaba libre, uniéndose a la cuadrilla, que ya la había rodeado. Miraban al fondo con los ojos muy abiertos, escrutando cada sombra y cada esquina.

La oquedad estaba oscura, y de ella salía un intenso olor a cerrado, esa mezcla de moho y sequedad de las viejas casas abandonadas. Movieron dos focos para darle luz, y el capataz pidió espacio para seguir trabajando. Los funcionarios se separaron, todos menos los que con una cámara de fotos y varias de vídeo habían estado tomando imágenes de lo que allí se hacía, y que ahora filmaban lo que se veía al fondo de la fosa. Perfectamente colocado en el centro, a no más de metro y medio de profundidad, había un gran féretro de color marrón que había perdido el brillo por el paso del tiempo. Durante un rato todos miraron abajo en un compacto silencio, hasta que el capataz chasqueó los dedos y puso de nuevo a trabajar a sus hombres. Los que miraban se apartaron. Dos obreros bajaron de un salto a ambos lados de la caja, e introdujeron un gruesa cuerda por debajo, en la parte de delante y en la de detrás. Izaron los extremos hasta sus compañeros de arriba y subieron. Se distribuyeron por parejas en cada cabo de las cuerdas y a una señal del capataz comenzaron a tirar. La caja fue subiendo poco a poco. Cuando superó toda la altura de la fosa, a pulso, los obreros se movieron hacia la parte contraria a donde había dejado la losa, soltaron la cuerda con cuidado y el féretro se posó en el suelo.

Volvieron todos a juntarse, ahora alrededor del ataúd. El fotógrafo y los camarógrafos pasaron por delante disparando fotos y grabando la escena. Tres operarios con monos blancos, mascarillas y guantes se adelantaron al grupo, que les hizo un hueco. El funcionario que estaba al mando se puso delante, junto con una señora que tomaba notas en un cuaderno. El capataz, armado con una palanca de acero, se preparó para reventar los cierres de la caja y levantar la tapa. Sus operarios se habían reunido separados del resto en el hueco donde habían dejando la lápida de la tumba. Posó la palanca en el costado del ataúd, hizo presión y saltó el cierre. Entonces se desplazó a la parte delantera, mientras otro miembros de su cuadrilla lo hacía a la trasera con una palanca idéntica a la suya. Metieron las puntas entre el costado y la tapa, apretaron y esta se levantó de golpe. La caja estaba abierta, y perfectamente perfilado por la luz de los focos pudieron ver todos su interior, que estaba prácticamente igual que cuando hacía 43 años se había cerrado con el general allí acostado. Con una salvedad. Que ahora no había nada dentro. La caja estaba vacía, y parecía haberlo estado así siempre.

Cuatro días después, el equipo volvió a su trabajo de rutina en el viejo cementerio de la capital. La noche de la exhumación acabaron mucho más tarde de lo que habían previsto. De hecho, no salieron de la cripta hasta casi la noche siguiente. Hubieron de pasar 24 horas encerrados en aquel sitio mientras los funcionarios iban y venían, entraba nueva gente, se marchaba alguna de la que estaba, se revisaba la tumba y se volvía a revisar. Repasaron los planos de la cripta, miraron fotos antiguas, y leyeron y releyeron documentos de la época del enterramiento. No encontraron nada donde pusiera que no enterraron lo que debían ni que antes de aquel día se hubiera desenterrado. Trajeron comida, y habilitaron un espacio donde los encerrados podían descansar del encierro, donde la gente se distraía hablando de todo menos de lo que había pasado.

Visitaron el lugar más autoridades, que miraban, consultaban, preguntaban y se reunían para hablar en susurros. A ellos solamente les interrogaron una vez, para que opinaran qué les parecía que pudiera haber otra tumba debajo de la que habían abierto, o en alguno de sus costados, donde pudiera estar el cuerpo que buscaban. El capataz fue quien respondió que no lo parecía, y que desde luego lo que habían abierto llevaba cerrado desde el entierro que todos recordaban, y de lo que todos recordaban, que en realidad no era más que la caja cerrada que ellos habían sacado vacía.

Fueron saliendo de la cripta poco a poco, primero los funcionarios que quedaban y que ya estaban y los que habían ido llegando después de la sorpresa. Después ellos, que se fueron al mismo tiempo que los fotógrafos y sus equipos. Sacaron la maquinaria, la montaron en las furgonetas, se subieron en ellas y se marcharon sin que esta vez nadie les escoltara.

Dos días después de la exhumación, los periódicos de todo el país y de medio mundo recogían la noticia de que el general había sido desenterrado, y sus resto entregados a su familia, que había dejado de oponer resistencia a hacerse cargo de ellos. Enterraron de nuevo al general, esta vez en una fosa del cementerio donde el dictador había vivido gran parte de su vida como Jefe del Estado. No llamaron a la brigada para hacerlo. Se bastó el personal del propio camposanto. Según la prensa, estuvieron presentes su nieto mayor, un funcionario del Ministerio de Justicia y otro del ayuntamiento. En la lápida que cierra la fosa, sus nietos han pedido que solamente ponga la fecha de su muerte en 1975. Mientras, en la Basílica donde se le enterró ese mismo año, alguien deja flores cada día en una esquina alejada del altar, encima de una vieja pila para bautizar que hace tiempo que ya no se usa…


¡Han vallado la finca!

29 agosto 2018

1️⃣ Hace 3 años y 15 días (el 14 de agosto de 2015) envíe una carta a la alcaldesa ‪@ManuelaCarmena‬ denunciando el estado de abandono de una finca frente a mi casa. Empezó un camino administrativo en el que no he cejado.

2️⃣ El solar abandonado se había convertido en una escombrera y un basurero, el donde sacar a los perros sin recoger sus cosas, y desde enero de este año, un aparcamiento. Olores, bichos, insalubridad y molestias.

3️⃣ Con mi carta de 2015 se abrió un expediente de infracción urbanística al que cada 2 meses en este tiempo he añadido escritos de recordatorio, nuevas denuncias y la reiteración de una petición: que el dueño limpiara la finca y la vallara.

4️⃣ Gracias a mis denuncias, además, el ayuntamiento averiguó que era dueño de casi medio solar. Con mis escritos conseguí que lo limpiaran de maleza en verano y que retiraran enseres y escombros cuando alguien los abandonaba.

5️⃣ Hoy POR FIN LA FINCA SE HA VALLADO. Y no quepo en mi de emoción. No me he rendido, he sido persistente, y lo he logrado. 1.110 días después de mi carta he conseguido lo que era justo y hacía falta. A pesar de la administración y del procedimiento. ESTOY ORGULLOSO.


Casi me roban el coche…

16 agosto 2018

Me han intentado robar el coche. Alguien (solo o en compañía de otro u otros cabrones con pintas en el lomo) han roto la manija de la puerta trasera del conductor (en la izquierda, la derecha para la policia que rellenó la denuncia -culpa mía no haberla leído dos o tres veces, pero mi interés estaba en acabar cuanto antes en la comisaría para dar el parte-) y la única cerradura que tiene el coche (siempre hubiera jurado que había dos, una en cada puerta delantera). No consiguieron acceder al interior para llevarse o el coche entero (ya ves tú, un diésel de 2005 sin pegatina ecológica de esas nuevas y que a partir de 2019 no voy a poder mover por dentro de la M30) o la nada que tengo por los huecos de los asientos (para limpiarlo y dejarlo aspirado no creo que se entretuvieran a intentar abrirlo).

Me ha tocado un taller a unos cómodos 20 kilómetros de casa, en un polígono industrial con más talleres y fábricas de cosas, y creo que una cafetería a la entrada. Ya le advirtieron allí que la reparación pronto no va a ser. Que si lo que tardan en llegar las piezas (que las deben traer de Alemania a caballo), que si es agosto, que si el técnico se va de vacaciones (y no hay más especialistas en cambio de bombín), que si la abuela fuma… Unos 15 ó 20 días, que con los imprevistos habituales en España será un mes.

Y gracias al retraso en la tramitación, he aprendido cómo la hacen. Un técnico del taller saca fotos, y con un presupuesto las manda a la compañía. La compañía se las reenvía a un perito externo independiente (¿la aseguradora no se fíe de su propio criterio, ni del personal del taller concertado?). El perito externo evalúa los daños y mira si el presupuesto de reparación se ajusta a lo justo. Si da el ok, la compañía manda la aceptación al taller, que entonces pide las piezas y da cita oara llevar el coche. Todo rápido y sencillo…

En fin. Hoy me han avisado de que ya todo está en manos del taller. En octubre, cuando lo lleve a reparar, os sigo contando…


Hacerse viejo, y verlo en los tobillos

8 agosto 2018

Estando ayer en la peluquería, mientras me cortaban el pelo, me vi las piernas reflejadas en el espejo, esa zona donde doblan hacia el empeine, y me di cuenta de que me estoy haciendo viejo. Es verdad que me quedan aún años para ser parte de la tercera edad, pero he comenzado a recorrer el camino de la decrepitud, ese que lleva inexorablemente a la vejez, y de esta a la oscura ancianidad. La carne flácida y arrugada en mechones sin forma alguna definida, es la señal inequívoca.

Los años pasan y se acumulan en los lados de la tripa, pero también en los tobillos en la misma forma que provoca la retención de líquidos. Para precisar el paso del tiempo nos fijamos en el color del pelo, en la falta de tensión fácil, o en el grado de torsión de las manos, y se nos olvidan los tobillos. Y es ahí donde está la Justa medida de la caída libre que nos convierte en vejestorios. En los tobillos.

Me auguro un pasar de los años terrible. Creo que no voy a envejecer bien, no al menos con la cabeza. A medida que me vaya mostrando más incapaz, me imagino más frustrados, más enfadado y más triste. No necesariamente a partes iguales. Cada flacidez de la piel va a ser un disgusto, cada disgusto otro mechón de canas, cada mechón de canas una rabieta, cada rabieta una subida de tensión, cada subida de tensión una úlcera, y cada úlcera dos meses menos para acabar en un cajón barnizado de color oscuro forrado por dentro con guata y falso satén…


Camisetas de colores

29 julio 2018

Resumen del resultado de la prueba de vestimenta de camisetas de colores y su afectación física y emocional.

⁃ Blanca. Muy sacrificada. Es difícil que después de unos lavados no se quede amarilla. Da la sensación de ajustar más de lo que debería, y parezco más gordo de lo que estoy.

⁃ Negra. Me hace gordo. Si añadimos que alguna de ellas tenía letras, muy gordo. No entiendo a los que dicen que me queda bien. Así de gordo es imposible.

⁃ Azul oscuro. Bien. Es un color elegante, y con él no parece que estoy gordo.

⁃ Azul claro. Demasiado juvenil. No me sienta bien. Parezco un señor mayor y gordo, disfrazado. Es un puro quiero y no puedo.

⁃ Rojo. Me empalidece la cara, haciendo que parezca que estoy enfermo, y me marca mucho las gorduras.

⁃ Verde. Me queda bien. No me estiliza la figura, que la edad ya no perdona, pero tampoco me hace gordo más de lo que lo estoy.

⁃ Gris. Muy socorrido color. Va con todo, y te hace gordo lo justo. Muy aconsejable.

⁃ Marrón. No tengo. Ese color seguro que me engorda.

⁃ Amarillo. No tengo. El amarillo da mala suerte, y me haría gordo.


Cosas que pasan (1)

22 junio 2018

El otro día, estando en la caja del súper haciendo cola, un señor mayor y su señora también mayor hicieron notar a la cajera que les había cobrado un “zumo de mango” que no llevaban. La cajera dijo que eso era imposible, así que el hombre y su mujer vaciaron medio carro para que se pudiera comprobar. La cajera trataba de hacerle entender que si no llevaba zumo de mango, este no podía aparecer en el ticket. El señor insistía en que si que salía, y en que él lo que llevaba eran tres zumos de melocotón que estaban bien cobrados. Total, que antes de pasar mi compra, la cajera cogió el ticket, lo reviso y levantando las cejas al tiempo que miraba a la pareja les dijo que allí no ponía zumo de mango, sino sólo mango, y que se refería al mango de la fregona que habían comprado y que sobresalía ostentosamente por una esquina del carro…

[¿Cómo es posible que a las 8 de la mañana haya gente en el metro que huela a barrica de vino añejo, como si se hubiera bebido la cosecha de los últimos tres años?]


Recuerda Nestor… (Carta de despedida)

17 mayo 2018

Recuerda Néstor que cuando muera, no quiero que me entierren. No quiero acabar pudriéndome en un cajón almohadillado de blanco. Prefiero que me incineren, y que me esparzan por el campo. Cerca de un río, si puede ser. Así se hizo con mis abuelos, siguiendo lo que pidieron. Si ellos quisieron eso para ellos, también vale para mi.

Dice el cura de la parroquia que si te esparcen en cenizas no resucitas. Que para resucitar hay que estar entero en una caja, o incinerado pero metido en un nicho en una urna. Como si eso importara cuando te mueres. No. A mí no me importa. He sido feliz en esta vida, y con eso me basta. Si me dieran otra, sabiendo de esta, haría lo mismo que he hecho, poco cambiaría. Decidle al cura que fue mi decisión renunciar a otra vida.

No me gustan los funerales porque son muy tristes. Así que si celebráis uno por mi, por favor que tenga música alegre, y haya flores de colores, y que enciendan las luces de la iglesia. No se por qué los curas se empeñan en dejarlas siempre a oscuras, de iluminarlas sólo con velas. Da miedo entrar en ellas. Las imágenes de un hombre muerto o de su madre doliente no acompañan. La oscuridad lo hace todo aún terrible.

Y que la gente vaya porque quiere ir, no por compromiso. Me dan mucha pena los muertos a los que les dan homenaje gentes obligadas. Si no es obligatorio en la vida querer o estimarse, tampoco puede serlo en la muerte. No dejes que a mí funeral vayan nadie a la fuerza. Sólo quiero gente que me despida porque siente mi marcha.

No dejo muchas cosas. Ni en casa ni en el banco. Nunca fui de ahorrar. He disfrutado cada céntimo que he ganado. Así que no esperéis una herencia copiosa. Para cubrir los gastos de mi marcha llega, así que emplead en eso el dinero. El resto son fruslerías, que tiene más de recurso que de valor. Repartirlas entre vosotros con equidad, y por supuesto sin discusión alguna. No lo he dejado hecho yo porque me importáis todos por igual. En vuestras manos, y en vuestro sentido de lo justo, queda.

Cuando alguien muere, es el momento en el que todo el mundo comienza a hablar bien de él. Seguro que los de mi alrededor aprovechan para hacerlo. Pero esto es pasajero, y no siempre la verdad del pensamiento. Estamos hechos para quedar bien en la desgracia con los desgraciados, pero también para la maledicencia. No caigáis en el error de apostar ni por uno ni por lo otro. Me conocéis. No cambios de opinión por lo que os cuenten. A mí me importa bien poco. A vosotros debiera importaros lo mismo.

En los aniversarios de mi muerte no hagáis misas. Celebradlo con alegría aunque se que os ha de costar. No es la costumbre de nuestro tiempo jalear con risas la muerte de la gente a la que se ha querido. Todo alrededor de un fallecido parece que tenga que ser llanto y desamparo. Yo no deseo eso para vosotros, no quiero tristezas en mi recuerdo. No se si es vida he sido una persona alegre que transmitía alegría a los demás. Pero lo que sí que sé es que ahora que me muero no quiero dejar lágrimas como recuerdo.

Habladle bien de mi a vuestros hijos cuando pregunten por mi. Y que estos los hagan con sus hijos. Seguro que alguna cosa buena he hecho para que os sirva de relato. Si no la encontráis, entonces simplemente decidles que por aquí anduve. Los cristianos son los que sostienen que están en esta vida en tránsito hacia la eterna junto a su Dios. Solamente eso es una existencia muy triste. Yo quiero mejor pensar que si estamos, hemos de hacer, y que por ese hacer se nos recordará. He quiero siempre hacer cosas buenas. Por hacerlas y porque eso se recuerde de mi. Explicad eso, que a buen seguro bastará.

Voy terminado, porque noto que esto termina. Me voy habiendo hecho muchas cosas. Creo haber vivido con intensidad y con emoción, sin hacer daño, o al menos sin haberlo hecho voluntariamente. Seguro que podía haber hecho más cosas. Siempre puede hacerse más si uno no se pone límites y fronteras. Aunque a veces estas vienen impuestas. Vivir entre más gente y con más gente conlleva eso, limitaciones. De todo modos, no tengo queja. La mayoría de las veces he llegado a donde he querido. Y si no he podido, al menos lo he intentado, aunque ese sea un frágil consuelo.

Adiós, Néstor. Que te sonría la vida, y llegues lejos. Que vivas. Gracias por haberme acompañado hasta aquí, y suerte…


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