Operación. Acto primero

26 noviembre 2017

Me van a operar. Me van a hacer un alargamiento de gastrocnemio medial de la pierna izquierda. He buscado en Google, y se me ha subido el estómago tan a la garganta que no baja. A partir del 8 de enero, en 40 días debería tener fecha para la intervención. Voy a necesitar muletas, así que también he mirado dónde comprar unas baratas que me duren el mes de recuperación (la doctora dijo que si hay complicaciones, pueden ser dos. No pregunté qué complicaciones, porque entonces me hubiera desmayado). Mentiría si dijera que no se me ha instalado el pavor en el cuerpo, pero bueno, la vida es así. Una sucesión de miedos y horrores que hay que ir pasando (lo que son las pruebas del Señor, que dirían los que creen). Espero no quedarme cojo, que no me faltaba más. En fin, os iré contando…


Un relato (con premio)…

12 noviembre 2017

Os dejo aquí el relato con el que he quedado Tercer Finalista en una convocatoria de premios en mi empresa (Rubine Creatividad). Ya me diréis…

RECORDAR, OLVIDAR… OTRO VIVIR

Mi padre era panadero. Su padre también. Trabajaban en una panadería en el centro del pueblo donde los dos nacieron y se habían criado. Siendo aún niño, mi padre ayudaba a mi abuelo de cuando en cuando. Cuando tuvo edad suficiente, se quedó todo el tiempo en el obrador, haciendo de todo. Amasando harina. Metiendo y sacando pan del horno. Colocando los panes en los sacos de reparto. Dejándolos a la puerta de las casas de los vecinos. Recogiendo los sobrantes para dar de comer a los animales. Tenían un par de vacas y un cerdo. También gallinas y conejos. Los cuidaban cuando terminaban en la panadería. En realidad eran la ocupación de mi abuela, como lo eran la casa y la huerta, pero a ellos les gustaba implicarse también en eso

La vida de mi padre, y antes la del suyo, se resumía en trabajar dejándose la piel por los suyos. Sin miramientos, ni exigencias que no fueran para ellos mismos. Rompiéndose la espalda, dejándose las manos, consumiéndose la vida entre harinas y calores. Sin más descanso que el de estar en casa también ayudando. Mi padre y mi abuelo trabajaron siempre mucho y muy duro.

Yo escogí otro camino. Me apasionaba la ciencia, quería ser científico. Todo lo mecánico me fascinaba. Cualquier aparato para cualquier cosa era una maravilla para mí. La sala de ciencias del colegio me parecía un cuarto mágico. Los microscopios, las lámparas de alcohol, las probetas, el material metálico, las batas blancas, el olor a químicos… En los recreos me escabullía por los pasillos para ver la clase desde la puerta cuando los mayores bajaban al patio. Me hipnotizaba aquel espacio, y soñaba con cuando me tocara el turno de usarlo. No veía el momento de ser mayor para poder ir a clase de ciencias y hacer experimentos.

El cartero de mi pueblo era un hombre ilustrado Cuando yo salía de la escuela, corría al bar de la plaza porque allí paraba al terminar de trabajar. Me contaba historias sobre descubrimientos científicos, los antiguos y los más modernos, y me explicaba cómo funcionaban algunas de las cosas que teníamos a mano. A medida que fuimos cogiéndonos confianza empezó a prestarme algunos de sus libros. Olían a papel viejo y se veían muy leídos. Los que tenían láminas eran los que más me entretenían, pero los que nos las tenían también me gustaban. De todos aprendía todo lo que podía.

Hacía dibujos de mecanismos, existentes e inventados, posibles o imposibles. Daba igual. Me pasaba horas viendo, leyendo, observando. Tenía una mente despierta y ávida por saber. Nada me aburría más, y me enfadaba, que no poder estudiar las cosas. El mundo de la ciencia era el mundo en el que yo quería vivir y hacer cosas. Aprender no me costaba esfuerzo alguno.

También comencé muy joven a coleccionar minerales. En cualquier pedregal me lanzaba a rebuscar de cuclillas entre las piedras las que parecieran diferentes. Escogía por formas y colores, grandes y pequeñas. En mi habitación las colocaba ordenadas en los estantes, junto a los libros que ya iba atesorando. Nunca había poco espacio para piezas nuevas, ni de una cosa ni de otra. Estar rodeado de ciencia, de técnica, de mecánica, me daba la vida.

Mi padre y mi abuelo sabían que la panadería no era mi sitio, y nunca dijeron nada de que trabaja con ellos. Sabían que su forma de vivir y la que yo quería para mí no eran compatibles. Cuando acabé el colegio y hubo de escogerse qué hacer conmigo, decidieron que mi rumbo debía ser otro distinto al que ellos habían seguido. Que los tiempos eran otros, las posibilidades diferentes, incluso para una familia obrera como la que ellos formaban, y la obligación de dar salida a mis ilusiones, y a mis posibilidades, preferente a cualquier otro plan para el futuro. Mi padre me matriculó en la Escuela de Oficios para que me especializara en mecánica, y así es como pasé de su mundo al que desde entonces habría de ser el mío.

Aprendí durante años, en la escuela y por mi cuenta. Siempre pensando en mañana y en pasado mañana, ideando, maquinando, ensoñando. Y me empleé pronto al acabar mis estudios. La mecánica se me daba bien, y nunca tuve problema para ganar con qué mantenerme. Trabajé en una fábrica de taladros, y en otra que hacía puertas metálicas y mecanismos para ascensores. Qué tiempos, qué recuerdos, qué de ilusiones y qué de cosas pude hacer. Tuve la vida que quise, solo dedicado a lo que me gustaba, aprendiendo todos los días, mejorando. Muy distinta a la de mi padre y a la de mi abuelo.

Ahora… Ahora no se ya muy bien a qué me dedico… En ocasiones, incluso en ocasiones no recuerdo todo de quién fui. De mi abuela, de mi padre, de la panadería, de los animales que cuidaba mi madre… De todo eso me acuerdo siempre, pero del resto… Qué resto… Dónde estoy… Quién me coge la mano…

– Papá, mira, ha venido a verte Nacho, tu nieto. Y ha traído su camión eléctrico para que le expliques cómo funciona… ¿recuerdas?- le dijo al anciano de la mirada perdida aquel un joven agachado que cogía su mano y la de un niño. Estaban en la sala de visitas de la residencia, rodeados de otros ancianos con sus familias, buscando con ellos recuerdos de un pasado cercano que les tenía perdidos en su propio mundo, ese llamada Alzheimer…


Sellos, o calendarios, o monedas…

3 octubre 2017

“Yo quiero coleccionar sellos. Comprarme una bolsa de 100 de las que venden en la Plaza Mayor por 5 euros, y tirarme medio año clasificándolos por países, por precios, por antigüedad, por colores… Y pasarme las horas muertas cogiendo los sellos con unas pinzas, mirándolos con una lupa y colocándolos en hojas transparentes que se guardan en archivadores de falsa piel imitando antiguo. Haciendo listas a bolígrafo en papeles de media cuartilla para volver a la plaza cada domingo a completar las series. Y luego enseñando la colección a las amistades, dejándoles que los admiren pero evitando que toquen los sellos para que no se estropeen.

También he pensado que en vez de sellos podría coleccionar calendarios, o monedas, o llaveros, o pones, o chapas de botellines… Algo que ya no sea moderno, aunque de puro parecer rancio me haga parecer una persona bohemia sin estar pasada de moda…”

 

(He quedado finalista, tercer clasificado, en los premios de Creatividad -modalidad relato corto- de mi empresa. Ha sido la primera vez que presento algo a un concurso. El viernes 6 de octubre me entregan el premio. Después colgaré aquí el relato).


¡Viva Santiago! (#Santander)

26 julio 2017

Ay, qué risa, qué frío he pasado en Santander, y cómo me he mojado ¡en julio!. Que viva el norte, que viva Santiago… Hacía unos años (los 5 que llevo en Madrid) que no estaba en el pregón y en el chupinazo (lo del cohete que anuncia el principio de las fiestas). De traca el desfile de casas regionales y de peñas. No podrá decirse que no es distinto a todo lo conocido, ni divertido. Además dura poco, con lo que la sensación de que alguien está haciendo el ridículo no da tiempo a que se te instale en el ánimo.

No pude ponerme cerca del balcón del ayuntamiento para ver quiénes lo ocupaban, pero se intuía reconcentrado de figuras, figuritas y figurines. Lo de salir a un balcón que da a una concentración de gente da para mucho fantasma, y mucho fantasmeo. Me dijeron que la alcaldesa estuvo bien, con un recuerdo a los pobres vecinos a los que les han tirado la casa en Tetuán (que ahora hace falta que se asuman responsabilidades y se ajusten cuentas, además de que se les reparen sus viviendas a la voz de ya).

Las casetas de la Feria de Día siguen siendo más de lo mismo, pero más caro. O sea, el pincho tirando a escaso y poco original, y la cerveza de cañero sabiendo a cerveza de cañero barata en un vaso de plástico. Esto está tendiendo a ir hacia un final agónico que llegará tarde o temprano sin nada que lo sustituya. Para imaginar hacen falta inteligencia y ganas de trabajar, y me parece a mí que en Santander gestores públicos con este perfil tan fino no hay muchos. José Manuel y yo hemos comido mucho queso de cabra, mucha cebolla caramelizada, mucha sardina de lata, pizzas con setas, y una exquisitez hecha con huevo que descubrimos que lo era cuando la yema se desparramó encima de la zapatilla blanca de Jomalaso, que por supuesto dio una arcada y dejó lo que le quedaba. Jajaja, pobre…

También hemos cumplido con la tradición de los Cariñena en las “ferias”. Muy vacías, con muchos huecos. Por no estar, este año no ha estado ni la noria. Puestos de vino dulce había tres, y en los tres hemos parado. Estupendos a 1,20€, con su barquillo para rechupetear la bebida. Las rosquillas de anís estaban a 2€ las 8 unidades. Se nota la crisis, y las ganas de vender: las hacen más pequeñas y a mejor precio, y así colocan más. Ya sé que tenemos rutinas de viejas, ya, pero mira chico, es lo que hay. Y al que no le guste, que se vaya a pasear arriba y abajo a la Cañada Real -Paseo de Pereda- (o a la mierda, que lo mismo me viene a dar).

En fin, este es el tema. Mañana, o pasado (o al otro) os cuento más, que ya me he aburrido. Hala…


En la era del móvil…

9 julio 2017

Todavía queda gente que lleva el móvil en aquellas fundas de primeros de siglo, negras, de polipiel, con solapa y cierre metálico, sujetas al cinturón. Suelen ser hombres entrados en años, de los que se suben mucho el pantalón, que tiende a colores crudos, y llevan mocasines de número pequeño. Allá por el 2000 no se notaba tanto la transgresión estética de proteger así el teléfono. Hoy provocan risa tierna. Han quedado para la historia de la telefonía portátil. Historia viva…

También se ve de vez en cuando alguien que habla por un aparato sin pantalla táctil, con teclas, sin conexión a internet, y antena. Pocos, es verdad, y reducidos también a usuarios de edad -que cuidado, no todos los mayores se manejan mal con las nuevas tecnologías; mis padres tienen teléfonos modelos y me comentan en Facebook desde ellos-, pero que mueven a igual afecto sentido que los de las fundas a la cintura. También estos están para llevar a un museo entre aplausos. Por el valor de haberse resistido a entrar en la era de la conectividad y el mimo con el que han cuidado sus terminales, que han sobrevivido al tiempo, como ellos mismos.

Aunque de todos, el mérito como para un homenaje público se lo han de llevar los que todavía hoy no tienen móvil. No los chiquillos, que esos descuentan días para que la Primera Comunión o las notas de junio del colegio les caigan con uno. No, esos no. Los otros, los mayores que han sido capaces de cambiar de siglo tecnológico y valerse en él sin un mal teléfono móvil que meter en el bolso o en el bolsillo -incluso de cargar en una funda de cinturón-. Esos tienen que llevarse todo nuestro reconocimiento, admiración y cariño. Ellos sí que saben vivir la vida al límite…


Gay Pride, por Ramón…

1 julio 2017

Hace un montón de años, cuando yo tenía casi la mitad de los que voy teniendo, conocí a Ramón. Frecuentaba por las tardes el mismo local que yo, y hablábamos. Ramón era un jubilado mayor, con una familia de esposa e hijos, un importante negocio local, casa en Madrid, y toda una vida de ocultamiento y disimulo, porque Ramón era homosexual. En la barra del bar, charlando, Ramón se soltaba, y entre copa y copa de güisqui, contaba cómo había sido llevar su sexualidad entre la trampa y la impostura. Cómo venir de buena familia le había hecho adquirir obligaciones convencionales, y por qué había tenido que vivir una realidad que en realidad no era la suya. Ramón tenía pasta, o la había tenido, y eso le había dejado de cuando en cuando aligerar la carga con algún paseo por el sórdido mundo en el que malvivían los homosexuales durante el franquismo.
Cuando conocí a Ramón, las cosas para el colectivo gay habían empezado a moverse. Despacio, pero con energía y sin ninguna intención de freno. Empezaba la apertura, y aquello a aquel hombre con 70 años de frustración a la espalda, le divertía y le alegraba. Se sabía fuera de tiempo, y lo decía, pero lo disfrutaba como un notable espectador que conocía el otro lado.

Le perdí la pista el invierno después de conocerle, y supongo que ya no andará por aquí. Pero no le he olvidado. Desde entonces, cada vez que algo ha ido bien para gays y para lesbianas, con cada paso hacia la igualdad plena, con cada avance en el respeto a la diferencia, me acuerdo de Ramón y de cuánto bien se lo estaría pasando. Hoy sería el hombre mas feliz del mundo con su vaso en la mano, retrepado en una silla, viendo pasar la cabalgata del Gay Pride por las calles de Madrid. Le compensaría de tanto…
Este país nuestro está lleno de Ramones que se merecen todo nuestro reconocimiento. Y nuestro cariño, y nuestro inmenso respeto. Yo, en cada celebración del Orgullo les tengo muy presentes como un símbolo de vidas que no pudieron ser lo que debieron porque no les dejaron. Este ha de ser su tiempo, por todo aquel que les robaron.
Por Ramón…


Fascitis 

19 junio 2017

He vuelto a las sesiones de ondas de choque. La mejoría en el pie izquierdo está en el 60% (eso me pidió la rehabilitadora que evaluará, y en ese formato, un porcentaje. Como si el dolor cotizará en bolsa y tuviera fluctuaciones en su valor). Me han toca dos sesiones más. 

La máquina de las ondas es como un martillo grande unido con cables a una consola de la nave de Star Treck. La doctora la posa sobre la planta del pie, previamente untada con vaselina como si fuera un cerro camino de la barbacoa. Luego pulsa un botón y aquello empieza a hacer ‘toc toc’ y a provocar indoloro como de pinchazos que jode. Cuando acabadas, te quitas el kilo y medio de vaselina con un rollo de papele de cocina y hala, a casa hasta la siguiente. 

Todo sufrimiento es poco por sanar el puto pie que lleva un año dándome por el saco. Incluso que la consulta parezca el camarote de los hermanos Marx, con sillas, mesas y camillas que entrarían ya justas en el salón de mi casa. El pie se me pone como una bota. Y duele los dos siguientes días al tratamiento. Pero merece la pena. Creo…


A %d blogueros les gusta esto: