La cajera…

12 febrero 2018

Moverse con muletas es un sindios. Pero como yo no me puedo estar quieto, voy al supermercado a hacer la compra. A veces en dos viajes. Me cuelgo la mochila del revés y voy metiendo las cosas. A veces, como el sábado, no todo entra bien, así que uso la barbilla para sujetar lo que se sale. Así llevaba yo dos pizzas, y un pan, y fruta, y croissants para el desayuno, y comida para la gata, y champú, y más comida de la gata, y crema para la cara… Cuando me percaté de que ya no podía con más, y que si me caía lo que ya llevaba iba a hacer el ridículo más aún que el de arrastrarse así por los pasillos, me encamine a las cajas. La última de la izquierda no tenía fila, y una señora estaba terminado de pagar. Allá que me fui yo, tac tac tac tac, con mi mochila a reventar y las pizzas en equilibrio inestable… para nada más llegar oírle decir a la cajera que “estoy cerrada, vaya donde mi compañera”. Y tan ancha que se quedó. No pude evitar pregúntale si no me había visto cargado como una mula y podido avisar antes. Murmuró algo, se puso roja, luego blanca, pero pasó de mí y al otro extremo que me tuve que ir con todo lo mío.

Fuego me salía por la boca, tanto que casi cocino las pizzas allí mismo. La nueva cajera que me tocó acogió mi furia con una sonrisa y resolvió mi queja con un “si llego a ser yo sí que te cobro”. Que de poco me sirvió porque la afrenta ya estaba hecha. Puse un tuit de queja y Mercadona (ay, se me escapó qué supermercados tienen los empleados menos empáticos…) me dijo que lo sienten y que lo trasladan a los encargados de la tienda (hoy he vuelto y me he dejado ver mucho, por si caía alguna disculpa, pero no ha dado resultado).

La venganza es plato que se sirve frío. Así que estoy esperando a volver a encontrarme con ella en caja. Le voy a hacer sudar lo que no está escrito, hasta marcarme imborrable en su recuerdo, hasta que se despierte cada noche soñando que le persigue el señor de las muletas y las pizzas…


Alargamiento de gastrocnemio medial

9 febrero 2018

Hola a todos.

Ya estoy operado. En realidad, ya estoy en fase de recuperación. Llevo tres semanas y pico caminando con muletas. Un sindios…

Os tengo que contar la operación, y las curas, y lo de la heparina (qué risa, qué dolores…). Cuando me quitaron los puntos (otro show), y lo de mutua (tela las mutuas). Estoy preparando el formato. Creo que va a dar para una trilogía de películas de risa.

De momento os diré que me he visto la cicatriz tres veces, y en las tres me ha dado un ataque de nervios y de ansiedad. Soy así con mis cicatrices… Ha quedado un amasijo de carne que la enfermera jura y perjura que se pondrá bien. Mi madre (un santa que se vino de Santander para estar conmigo) me va a comprar una crema de esas mágicas que venden en no sé qué pueblo para que se ponga tersa y suave. Mientras no le de alergia, yo feliz. Me han dicho que no le de el sol en verano. Largo lo fían, y si va tan bien como va no entiendo por qué a 6 meses vista debería estar tan delicada como para que no le dé el sol. Raro me parece. Será cosa de las cicatrices, pero a mí no me convence.

Fin. Que ya os iré contando. De momento voy camino de la mutua a una revisión de oficio. Ale.


Día 2 del año

2 enero 2018

Y sin vacaciones. Mi compañera se ha puesto enferma y he tenido que anular mis días libres y aumentar mis horas de trabajo. Así es la vida…

Por cierto, que estoy hasta las tetas de todos mensajes de autoánimo que se da la gente al empezar un año nuevo. Que si proyectos, que si ilusiones, que si cosas que van a salir. Como si las campanadas nos resetearan la vida y nos dejaran empezar de nuevo. O como si las novedades sólo se pudieran condensar en los minutos posteriores a las 12 de la noche del 31. Entiendo que casi todos las pasamos putas, y que de alguna manera tenemos que consolarnos sin caer en el alcohol, los barbitúricos o las drogas, pero tanta proclama es empalagosa. Y tiene más de autoengaño que de visión del futuro inmediato. He dicho.


Operación. Acto primero

26 noviembre 2017

Me van a operar. Me van a hacer un alargamiento de gastrocnemio medial de la pierna izquierda. He buscado en Google, y se me ha subido el estómago tan a la garganta que no baja. A partir del 8 de enero, en 40 días debería tener fecha para la intervención. Voy a necesitar muletas, así que también he mirado dónde comprar unas baratas que me duren el mes de recuperación (la doctora dijo que si hay complicaciones, pueden ser dos. No pregunté qué complicaciones, porque entonces me hubiera desmayado). Mentiría si dijera que no se me ha instalado el pavor en el cuerpo, pero bueno, la vida es así. Una sucesión de miedos y horrores que hay que ir pasando (lo que son las pruebas del Señor, que dirían los que creen). Espero no quedarme cojo, que no me faltaba más. En fin, os iré contando…


Un relato (con premio)…

12 noviembre 2017

Os dejo aquí el relato con el que he quedado Tercer Finalista en una convocatoria de premios en mi empresa (Rubine Creatividad). Ya me diréis…

RECORDAR, OLVIDAR… OTRO VIVIR

Mi padre era panadero. Su padre también. Trabajaban en una panadería en el centro del pueblo donde los dos nacieron y se habían criado. Siendo aún niño, mi padre ayudaba a mi abuelo de cuando en cuando. Cuando tuvo edad suficiente, se quedó todo el tiempo en el obrador, haciendo de todo. Amasando harina. Metiendo y sacando pan del horno. Colocando los panes en los sacos de reparto. Dejándolos a la puerta de las casas de los vecinos. Recogiendo los sobrantes para dar de comer a los animales. Tenían un par de vacas y un cerdo. También gallinas y conejos. Los cuidaban cuando terminaban en la panadería. En realidad eran la ocupación de mi abuela, como lo eran la casa y la huerta, pero a ellos les gustaba implicarse también en eso

La vida de mi padre, y antes la del suyo, se resumía en trabajar dejándose la piel por los suyos. Sin miramientos, ni exigencias que no fueran para ellos mismos. Rompiéndose la espalda, dejándose las manos, consumiéndose la vida entre harinas y calores. Sin más descanso que el de estar en casa también ayudando. Mi padre y mi abuelo trabajaron siempre mucho y muy duro.

Yo escogí otro camino. Me apasionaba la ciencia, quería ser científico. Todo lo mecánico me fascinaba. Cualquier aparato para cualquier cosa era una maravilla para mí. La sala de ciencias del colegio me parecía un cuarto mágico. Los microscopios, las lámparas de alcohol, las probetas, el material metálico, las batas blancas, el olor a químicos… En los recreos me escabullía por los pasillos para ver la clase desde la puerta cuando los mayores bajaban al patio. Me hipnotizaba aquel espacio, y soñaba con cuando me tocara el turno de usarlo. No veía el momento de ser mayor para poder ir a clase de ciencias y hacer experimentos.

El cartero de mi pueblo era un hombre ilustrado Cuando yo salía de la escuela, corría al bar de la plaza porque allí paraba al terminar de trabajar. Me contaba historias sobre descubrimientos científicos, los antiguos y los más modernos, y me explicaba cómo funcionaban algunas de las cosas que teníamos a mano. A medida que fuimos cogiéndonos confianza empezó a prestarme algunos de sus libros. Olían a papel viejo y se veían muy leídos. Los que tenían láminas eran los que más me entretenían, pero los que nos las tenían también me gustaban. De todos aprendía todo lo que podía.

Hacía dibujos de mecanismos, existentes e inventados, posibles o imposibles. Daba igual. Me pasaba horas viendo, leyendo, observando. Tenía una mente despierta y ávida por saber. Nada me aburría más, y me enfadaba, que no poder estudiar las cosas. El mundo de la ciencia era el mundo en el que yo quería vivir y hacer cosas. Aprender no me costaba esfuerzo alguno.

También comencé muy joven a coleccionar minerales. En cualquier pedregal me lanzaba a rebuscar de cuclillas entre las piedras las que parecieran diferentes. Escogía por formas y colores, grandes y pequeñas. En mi habitación las colocaba ordenadas en los estantes, junto a los libros que ya iba atesorando. Nunca había poco espacio para piezas nuevas, ni de una cosa ni de otra. Estar rodeado de ciencia, de técnica, de mecánica, me daba la vida.

Mi padre y mi abuelo sabían que la panadería no era mi sitio, y nunca dijeron nada de que trabaja con ellos. Sabían que su forma de vivir y la que yo quería para mí no eran compatibles. Cuando acabé el colegio y hubo de escogerse qué hacer conmigo, decidieron que mi rumbo debía ser otro distinto al que ellos habían seguido. Que los tiempos eran otros, las posibilidades diferentes, incluso para una familia obrera como la que ellos formaban, y la obligación de dar salida a mis ilusiones, y a mis posibilidades, preferente a cualquier otro plan para el futuro. Mi padre me matriculó en la Escuela de Oficios para que me especializara en mecánica, y así es como pasé de su mundo al que desde entonces habría de ser el mío.

Aprendí durante años, en la escuela y por mi cuenta. Siempre pensando en mañana y en pasado mañana, ideando, maquinando, ensoñando. Y me empleé pronto al acabar mis estudios. La mecánica se me daba bien, y nunca tuve problema para ganar con qué mantenerme. Trabajé en una fábrica de taladros, y en otra que hacía puertas metálicas y mecanismos para ascensores. Qué tiempos, qué recuerdos, qué de ilusiones y qué de cosas pude hacer. Tuve la vida que quise, solo dedicado a lo que me gustaba, aprendiendo todos los días, mejorando. Muy distinta a la de mi padre y a la de mi abuelo.

Ahora… Ahora no se ya muy bien a qué me dedico… En ocasiones, incluso en ocasiones no recuerdo todo de quién fui. De mi abuela, de mi padre, de la panadería, de los animales que cuidaba mi madre… De todo eso me acuerdo siempre, pero del resto… Qué resto… Dónde estoy… Quién me coge la mano…

– Papá, mira, ha venido a verte Nacho, tu nieto. Y ha traído su camión eléctrico para que le expliques cómo funciona… ¿recuerdas?- le dijo al anciano de la mirada perdida aquel un joven agachado que cogía su mano y la de un niño. Estaban en la sala de visitas de la residencia, rodeados de otros ancianos con sus familias, buscando con ellos recuerdos de un pasado cercano que les tenía perdidos en su propio mundo, ese llamada Alzheimer…


Sellos, o calendarios, o monedas…

3 octubre 2017

“Yo quiero coleccionar sellos. Comprarme una bolsa de 100 de las que venden en la Plaza Mayor por 5 euros, y tirarme medio año clasificándolos por países, por precios, por antigüedad, por colores… Y pasarme las horas muertas cogiendo los sellos con unas pinzas, mirándolos con una lupa y colocándolos en hojas transparentes que se guardan en archivadores de falsa piel imitando antiguo. Haciendo listas a bolígrafo en papeles de media cuartilla para volver a la plaza cada domingo a completar las series. Y luego enseñando la colección a las amistades, dejándoles que los admiren pero evitando que toquen los sellos para que no se estropeen.

También he pensado que en vez de sellos podría coleccionar calendarios, o monedas, o llaveros, o pones, o chapas de botellines… Algo que ya no sea moderno, aunque de puro parecer rancio me haga parecer una persona bohemia sin estar pasada de moda…”

 

(He quedado finalista, tercer clasificado, en los premios de Creatividad -modalidad relato corto- de mi empresa. Ha sido la primera vez que presento algo a un concurso. El viernes 6 de octubre me entregan el premio. Después colgaré aquí el relato).


¡Viva Santiago! (#Santander)

26 julio 2017

Ay, qué risa, qué frío he pasado en Santander, y cómo me he mojado ¡en julio!. Que viva el norte, que viva Santiago… Hacía unos años (los 5 que llevo en Madrid) que no estaba en el pregón y en el chupinazo (lo del cohete que anuncia el principio de las fiestas). De traca el desfile de casas regionales y de peñas. No podrá decirse que no es distinto a todo lo conocido, ni divertido. Además dura poco, con lo que la sensación de que alguien está haciendo el ridículo no da tiempo a que se te instale en el ánimo.

No pude ponerme cerca del balcón del ayuntamiento para ver quiénes lo ocupaban, pero se intuía reconcentrado de figuras, figuritas y figurines. Lo de salir a un balcón que da a una concentración de gente da para mucho fantasma, y mucho fantasmeo. Me dijeron que la alcaldesa estuvo bien, con un recuerdo a los pobres vecinos a los que les han tirado la casa en Tetuán (que ahora hace falta que se asuman responsabilidades y se ajusten cuentas, además de que se les reparen sus viviendas a la voz de ya).

Las casetas de la Feria de Día siguen siendo más de lo mismo, pero más caro. O sea, el pincho tirando a escaso y poco original, y la cerveza de cañero sabiendo a cerveza de cañero barata en un vaso de plástico. Esto está tendiendo a ir hacia un final agónico que llegará tarde o temprano sin nada que lo sustituya. Para imaginar hacen falta inteligencia y ganas de trabajar, y me parece a mí que en Santander gestores públicos con este perfil tan fino no hay muchos. José Manuel y yo hemos comido mucho queso de cabra, mucha cebolla caramelizada, mucha sardina de lata, pizzas con setas, y una exquisitez hecha con huevo que descubrimos que lo era cuando la yema se desparramó encima de la zapatilla blanca de Jomalaso, que por supuesto dio una arcada y dejó lo que le quedaba. Jajaja, pobre…

También hemos cumplido con la tradición de los Cariñena en las “ferias”. Muy vacías, con muchos huecos. Por no estar, este año no ha estado ni la noria. Puestos de vino dulce había tres, y en los tres hemos parado. Estupendos a 1,20€, con su barquillo para rechupetear la bebida. Las rosquillas de anís estaban a 2€ las 8 unidades. Se nota la crisis, y las ganas de vender: las hacen más pequeñas y a mejor precio, y así colocan más. Ya sé que tenemos rutinas de viejas, ya, pero mira chico, es lo que hay. Y al que no le guste, que se vaya a pasear arriba y abajo a la Cañada Real -Paseo de Pereda- (o a la mierda, que lo mismo me viene a dar).

En fin, este es el tema. Mañana, o pasado (o al otro) os cuento más, que ya me he aburrido. Hala…


A %d blogueros les gusta esto: