De siempre, lo de los clips de colores para prender hojas me ha parecido una horterada. Me da la sensación de que quienes los usan tienden a perder el tiempo decidiendo de qué color los escogen, que supongo dependerá del tema de los folios que van a sujetar, o del estado de ánimo del usuario, o incluso del gusto de la persona a la que se destina el documento que agarran. He visto en una foto del alcalde de Santander que sobre su mesa había una caja de clips de colores. Y se me ha desbordado la fantasía: que si azul para sus compañeros de equipo de gobierno, que si rojos para Revilla y el Gobierno regional, que si negros para sus jefes del PP de Cantabria, que si rosas para los del PP nacional, que si amarillos para los empleados municipales, que si verdes para los medios de comunicación amigos, que si blancos para las asociaciones de vecinos… Leer el resto de esta entrada »
Cosas de espías
1 septiembre 2009He oído un chasquido raro al colgar el móvil antes. Y también a veces me oigo yo mismo las conversaciones pasadas, aunque creo que esto es cosa del estrés y de que me estoy volviendo loco. Se me ha metido en la cabeza que me espían. Veo sombras que me acechan por la noche (así dice en las malas novelas) y siento ojos escrutadores en mi nuca que me siguen por la calle. Todavía no me he puesto a buscar micros en casa, pero todo se andará. Así que en esta tesitura, estoy dudando entre llamar a Rubalcaba para decirle que qué piensa de la vida y que quién y por qué me está espiando, o a Esperanza Aguirre para decirle que le diga a su vicepresidente que les diga a Mortadelo y Filemón en versión Comunidad de Madrid que yo no valgo el esfuerzo de seguirme. También creo que podría preguntar a mi médico sobre esta nueva paranoia, y en función de lo que me cuente, llamar a Esperanza Aguirre para que le diga a Rajoy que le diga a Cospedal que se tome lo mismo que me recete a mí.
A mí, de verdad, me vigila mi vecino. Se acerca a la mirilla cuando salgo de casa y cuando entro. Yo le hago gestos obscenos para que sepa que sé que está ahí. También sale a la ventana y asoma la cabeza. Si me vuelvo rápido y miro, se esconde a todo correr y vuelve a salir al cabo de un segundo. Estas veces, yo hago que le saco fotos con el móvil, y luego le susurro en la pared que le voy a denunciar por espiarme y por acoso. Por supuesto, la amenaza no hace el más mínimo efecto, y el jodido viejo sigue oteando por la mirilla y asomándose a la ventana. Tengo que preguntarle un día cuando coincida con él, y siempre que antes no me de un viento y le pegue un chuletón por acosarme, que por cuenta de quien me vigila, si de Rubalcaba o de Esperanza Aguirre. O de los dos, que la política hace extraños compañeros de cama, y esto del espionaje tiene todos los sórdidos ingredientes de un fiesteo camestre de lo más apañado.
Escrito por Victor Javier Cavia