Hoy se quemó un piso en Ruiz Zorrilla. A las ocho de la mañana, los bomberos ya estaban apagándolo. Salía mucho humo negro por la ventana, y por encima del bloque se veía también el que daba patio interior de la manzana. Ha sido en un primero. Los vecinos de los pisos superiores salían a las ventanas, angustiados porque se estaban ahogando en sus casas. Y como siempre en este país, nadie informaba de nada. Ni los bomberos explicaban a los angustiados vecinos qué debían hacer o qué no (quedarse en casa, salir, asomarse a la ventana, no asomarse, tener miedo, no tenerlo) o cómo iba el control del fuego, ni la policía echaba una mano. Por no echársela, ni se la han echado a los que vivían en el piso incendiado: al menos seis personas, ellas en camisón y ellos en ropa interior (había uno en calzoncillos y calcetines que temblaba como una hoja, imagino que en una mezcla de miedo y frio), en una esquina del portal, solos, a la intemperie. Que digo yo que había coches policiales desocupados mientras sus dueños charlaban animadamente en la acera de enfrente, en los que los podían haber recogido. Al final ha sido un vecino el que se los ha subido a su casa. Eso sí, sin impedimentos ni por los bomberos, que nos les han dicho ni esta boca es mía sobre el alcance del fuego o cómo iba la extinción o cuándo podrían entrar en el piso, ni por la policía, que ha seguido con su charleta (intercambio entre cuerpos debía ser, porque había nacionales y locales dos a dos) incluso cuando una señora mayor, móvil en mano, ha subido portal arriba.
En fin, que así es este país. Ni información, que a veces parece el enemigo, ni socorro, que siempre es un exceso.
Escrito por Victor Javier Cavia
Vaya tela. Dice el Franco actual que la roca se la regalaron a su abuelo, no al pueblo español, y que por eso hicieron con ella lo que quisieron. Y en el que lo que quisieron se incluye hacerla dinero subastándola en Londres. Menos vergüenza no se puede tener, la verdad. Carrero Blanco por lo visto era un energúmeno del régimen, pero su hijo sí que ha entregado su trozo a un museo, empujado por su propio vástago que le hizo ver en 2.007 que esa roca se la habían regalado a los españoles, y no al almirante. Claro, que Franco era la luz que no dormía ni se apagaba para que los españoles pudieran vivir en paz, y eso es más título que cualquier otro para quedarse piedras, propiedades y hasta un país.