Estoy de los pájaros hasta los cojones (con perdón; yo no suelo hablar así). En dos días no consecutivos (no me consuela que las desgracias no tengan un continuo, porque las hace menos desgracias), dos jodidos bichos han tenido la elegante ocurrencia de cagarme la ropa. La que llevo puesta, además, que la del tendal desde que decidí colgarla dentro de casa me la puedo poner limpia (y sin el olor a fritanga de los vecinos, que dios sabe qué comerán por oler huele fatal). A fuer de ser sincero, la primera vez la peor parte se la llevó José Manuel. A mí me pilló de refilón. Era mierda de gaviota, esos asquerosos animales blancos que dan tan mal rollo y que hacen tanto ruido. Cuando era concejal y aparcaba en el ayuntamiento, me dejaban el coche perdido después de sus incursiones a zamparse las sobras de los cubos de basura de la plaza de la Esperanza. Que nunca supe por qué no se obligaba a los tenderos a tener eso escondido donde ni inunde de peste la calle ni sirva de llamada para las cabronas de las pajarracas.
La segunda vez me dio de lleno la deposición de una paloma. Cerca de casa, por lo que pude volver a cambiarme de chaqueta, aunque se me fastidió el café de las 8 y cuarto. La culpa esta vez es de las comunidades de vecinos que no evitan que las ratas voladoras aniden en los huecos de los edificios. Eso debería estar regulado con una ordenanza municipal. Y no bastan esa mierda de pinchitos, que los pájaros ya han aprendido a sortearlos y no hacerse daño, que les falta sólo hacerte una pedorreta cuando te les quedas mirando.
Total. Dos prendas manchadas, que hay que lavar a todo correr antes de que el amoniaco a tutiplén que parece que tienen las mierdas te coman el color. La paciencia desde luego ya lo hacen. Yo quiero una escopeta y permiso para dedicarle una hora por semana a exterminar animales con plumas (de los que vuela; los que van andando bastante tienen con lo suyo).
