Cambio de piso

6 diciembre 2011

Hace dos meses me cambié de piso. Exactamente al de encima, del 7º al 8º. Una oportunidad justo cuando mis caseros me habían dicho que vendían (me preguntaron si lo quería, y yo les dije que no, que no quiero propiedades a medias con ningún banco que vayan a heredar mis hermanos cuando las espiche apenas un par de años después de haber terminado de pagar la hipoteca. Me dió un ataque de risa además cuando supe lo que pedían). Y una desgracia, porque aquí sigo rodeado de un plantel de vecinos de lo más selecto y agradable. Me he acercado más a la mujer del nicho, que ahora tengo encima, y me he librado del vecino cabr**n de al lado, porque el piso está en venta “y lo que te rondaré morena”, que la dueña ha debido confundir la calle con la de Serrano de Madrid, y el piso de 70 metros cuadrados con un chalé en El Viso.

Cambiar la dirección en todas partes ha sido un tarea sencilla de más de un mes. En tráfico hay que hacer dos trámites, uno por la licencia de conducción y otro por la titularidad del coche. En papel que calca, y a bolígrafo, como toda la vida. Como justificante de la nueva dirección yo llevaba un volante de empadronamiento sacado por internet con mi certificado digital. El funcionario que me atendió me pedía el original porque decía que aquel no podía ser, que le faltaba una rúbrica y el sello de caucho entintado en azul. “Bendita administración electrónica”, pensé, mientras trataba de convencerle de que sí, que aquello valía aunque no llevara ni lacres, ni cintas de colores, ni sellos, ni timbres ni pólizas pegadas con la lengua. El pobre no había visto nunca ninguno (desde la web del ayuntamiento de Santander se pueden sacar hace ni sé cuánto).

La traca vino en la renovación de DNI. El cachondo del programa no reconoce un cambio de piso en el mismo número de calle como cambio de domicilio sino como algo así como un “ajuste”. Para salvar el sinsentido y engañar al sistema (nunca mejor dicho), y de paso no tener que pagar veintitantos euros, ha habido que colocar una “c” delante del nombre de la calle, redundando en lo de calle. Me pregunto yo si en el Ministerio del Interior alguien ha tenido una charla con el programador, que a todas luces o vive en el país de tiendas de campaña o de los chaletes unifamiliares, o lleva demasiado tiempo metido en su cuarto enfricándose con esto de la informática. Aunque lo que me temo es que a nadie le ha dado por revisar estas cosas, que no tiene por qué ser tan raras como para no tenerse en cuenta.

En el banco, las tarjetas de crédito, las de fidelización, el seguro del coche y del piso, el contrato del teléfono, todo fue más fácil. Me bastó con una llamada de teléfono. Para que luego digan que el ministro Sebastián, que es el que lleva en España lo cosa de las nuevas tecnologías, no sigue pensando en la administración como cuando los caballeros llevaban sombrero, bastón, y se movían en coche de caballos.

(PS. No hay prevista fiesta de inauguración por el nuevo hogar, que la gente mancha mucho, lo toquetea todo, y luego me toca recoger y ordenar a mí. Y este post está dedicado a Josuco, un seguidor fiel que es además quien me abronca si no renuevo el blog).


Y ONO me sigue toreando…

28 noviembre 2011

En el colmo de los colmos, ONO sigue, dos meses después, sin devolverme todo lo que me tiene que devolver. Después de casi una decena de reclamaciones, he podido saber hoy que me han compensado una deuda, que reconocen que no es mía, de diciembre de 2.009, por un servicio que no tenía contratado, a nombre de otra persona, con otro NIF y en otro domicilio. O sea, a todas luces una chorizada para la que no tienen justificación. De hecho, me dicen que no me mandan la copia del documento que acredite mi deuda, y que les he pedido varias veces, porque no existe.

Ya les he demandado ante la Junta Arbitral de Consumo, aunque como me advirtió el funcionario al que consulté, no están adheridos y rechazan siempre someterse a arbitraje de manera voluntaria (si lo estuvieran sería obligatorio el concurso de la Junta). Cuando eso suceda, me queda la vía de la Secretaría de Estado de Telecomunicaciones, que tarda casi un año en resolver sus asuntos. Y los juzgados ordinarios, a donde sería una rechifla tener que acudir por un débito que no llega a 34 euros.

Los consumidores, cuando contratamos servicios con compañías como ONO, estamos en manos de sinvergüenzas que nos torean y se ríen de nosotros. Nadie de sus departamentos de atención al cliente, que funcionan como el culo porque no te entienden lo que pides y te dan soluciones a los problemas que no tienes, se hace cargo jamás de sus errores. Estamos cautivos de un sistema de funcionamiento empresarial chulesco y prepotente que sólo busca captar los fondos que factura a los clientes, sin importar ni la calidad ni la satisfacción.

Alguna vez alguno de los teleoperadores que me han atendido han llegado a sugerirme que si no estoy satisfecho me de de baja. Más allá de lo que estas recomendaciones, viniendo de dentro, ponen de manifiesto sobre el alcance real de los intereses de la empresa y de los que trabajan para ella, buscar el cambio es un inconveniente en sí mismo del que precisamente se aprovechan para mantener sus comportamientos rayanos como en mi caso en el ilícito.

No tengo intención ninguna de rendirme. No tanto por el hecho de que esos euros son mis euros, que también, como por el de que estoy hasta las narices de que compañías como ONO me provoquen enfados que se convierten en dolores de estómago, ni ataques de ansiedad que me hacen perder peso. Tengo razón, y lo que más me jode es que me la dan sin dármela porque amén de unos canallas, son unos inútiles incapaces con una forma de gestión llena de agujeros que siempre nos ocasionan perjuicios a los mismos: a los consumidores.


Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.