La puta economía, y pasarlas putas

28 diciembre 2011

Están los tiempos que son una putada. La crisis acogota y está dejando al borde del abismo a mucha buena gente emprendedora que va a terminar quedándose sin un duro que meter en la cartera. Y será culpa de los mercados, de las burbujas, de la prima de riesgo, o del sursuncorda, que igual da que da lo mismo. José Manuel e Israel tienen una academia de enseñanza desde hace casi diez años. Se han dejado ahorros y la piel en darle forma y ritmo. Han sido honestos, serios y rigurosos, han cumplidos con todos. Y ahora, la torpeza de los gobernantes, esa caterva de estómagos agradecidos que se pasan el tiempo muerto pariendo tonterías que nos hunden más si cabe en el lodo de las dificultades, y la saña endiablada por hacer dinero de los cuatro ricos de turno incapaces de moderarse hasta para ganar más, les están poniendo a los pies de los caballos y haciéndoselas pasar canutas.

En este país donde no se dice la verdad ni al médico, alguien con un par debería contar las cosas como son, en voz alta, y con una caja de fusiles a la espalda para repartir y por lo que pueda hacer la turba cuando se entere bien de lo que pasa. Alguien debería explicar que con toda esa cantidad de dinero que el Estado está dando a los bancos, que sale de nuestros impuestos, para que saneen sus cuentas, los Botines de turno están engordando sus cuentas de provisiones por si acaso sus negocios (los suyos, no los nuestros) se van tan a la mierda como los de los autónomos y pequeños empresarios sin Urdangarines en sus consejos de administración. Que no se da crédito, que es la razón última del saneamiento nacional, y que sin crédito no hay consumo que valga. Que eso de la contracción de la economía viene a ser algo así como que el poco dinero que circula por ahí se queda en casa, en un cajón, y que ni Dios se atreve a gastarlo porque los de los trajes gris marengo y las corbatas azul claro generan menos confianza que el pirata Barbarroja a la puerta de una joyería. Y que sin circulación monetaria, ni consumo, los negocios de la gente honrada (los de los no honrados son sólo un entretenimiento) duran lo que se tarda en bajar la persiana.

José Manuel e Israel, y tantos como ellos, no se merecen lo que les está pasando. En realidad, nadie nos merecemos lo que está pasando, porque no es culpa nuestra. La mala gestión de las grandes empresas, la avaricia de los bancos, y por encima de todo la ceguera crónica de los políticos, son los que no han arrastrado a unos a las colas del paro, a otros de nuevo a casa de sus padres, a muchos a contar en céntimos lo que se puede gastar cada día, y al país a la ruina. Y lo peor de todo es que cuesta ver luz al final de un túnel que hacen y deshacen media docena de sinvergüenzas a su antojo e interés sin que nadie de esos que tienen la culpa vaya a la trena por mangantes, desgraciados o simplemente imbéciles.


De visita en El Pardo

13 diciembre 2011

Este fin de semana he visitado el Palacio Real de El Pardo. No me explico cómo el general Franco pudo vivir allí 35 años, porque pocos sitios he visto más desangelados y grises como el palacio y el pueblo. Hacía un frío que pelaba, lloviznaba y la única gente por la calle era la que salía de los autobuses. Está en lo alto, entre montes de caza (esto es una obviedad) y edificios de acuartelamiento militar. Por no haber no hay ni la posibilidad de pagar en los mesones con tarjeta, que te piden efectivo (el menú del día incluye solomillo de boda y filete bien especiado, patatas fritas que queman que joden, sin sal para que la pongas tú al gusto, ensalada de lechuga a pelo y casera con el vino tinto).

La visita al palacio es guiada, y en nuestro turno solamente éramos siete, así que Manolo el guía se estiró, y la alargó 20 minutos más de lo que suele durar. No soltó ni un solo chascarrillo, y a Franco y a su mujer los empezó llamando así, Franco y su mujer, para acabar refiriéndose a ellos como “el caudillo y la señora”. Manolo, que lleva trabajando allí 39 años, trató por activa y por pasiva de hacernos entender el lujo de las cuberterías, las vajillas y las mantelerías que se usan cuando las dependencias las ocupan los jefes de estado que visitan España. Nos contó que lo de la lamparita que permecía siempre encendida en palacio porque Franco no descansaba cuidando de España es “una trola”, que la mesa del despacho estaba siempre enterrada entre papeles, y que las dos camas, las cómodas, la tele (muy setentera, embutida en un mueble con puertas), el reclinatorio donde se guardaba la mano de Santa Teresa, y los uniformes que se exponen en el vestidor del dictador, es todo propiedad de la familia Franco. Y nos explicó que en la restauración que se está haciendo de algunas salas usan “unos líquidos” para limpiar el pan de oro de las molduras, y que para dar lustre al bronce se puede usar “mistol”. Un crack el Manolo, que nos contó también que las flores que ponen de adorno a la entrada y en los patios no son como las que se pueden comprar en El Corte Inglés porque las colocan floristas de verdad.

La sala del Consejo de Ministros era en realidad el comedor de gala de Carlos III, recargado como él solo, muy incómodo para comer, todo el tiempo pendiente de no tirar nada y descojonar una silla imperio, un tapiz, el suelo de madera, la alfombra de lana o el mantel de hilo de donde sea que es el hilo de los manteles buenos. El despacho del general impone, tan grande, con la mesa al fondo, y mucha distancia desde la puerta de entrada hasta las sillas donde despachaban los visitantes (por cierto, que según Manolo tampoco es cierto que la de los visitantes tuviera las patas más cortas para compensar la baja estatura del general, que decía el guía que media como él, 1’70). Vamos, que a más de uno le tenía que dar tiempo de sobra para descomponerse camino de la mano de Franco, allá a lo lejos. Y la salida, si la cosa había mal, tenía que hacerse eterna. El dormitorio, que me perdonen los adeptos, me dió mucha grima. No sé si por el color verde de las paredes empapeladas en tela, por el rollo de tener las camas subidas en una especie de tarima, por las puertas embutidas al fondo de la estancia con pasadores interiores, por el crucifijo sobre la cama como suspendido del aire, o por el sencillo hecho de que aquello había sido la estancia más privada del matrimonio. Se me erizaron los pelos de los brazos.

De todos modos, la visita mereció la pena. Y es muy recomendable. El palacio no rezuma nostalgia, y si el pueblo la mantiene en algún sitio, será en lo más recóndito de las casas. Los señores no llevan bigotito, ni las damas peineta y mantilla.


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