Consultas privadas

21 octubre 2009

Qué lustroso es todo en medicina cuando es privado. He estado en una clínica oftalmológica en Bilbao haciéndome pruebas para intervenirme los ojos y dejar de usar gafas (han dicho que puedo, y hemos programado la operación para el día 11 de noviembre a las diez y veinte de la mañana), y todo tenía una pinta estupenda. La sala de espera parecía el hall de un hotel de cinco estrellas, con revistas para entretenerse de este mismo mes (en muchas consultas de medio pelo podrían poner un museo del cuore con las suyas, y en la pública, la lectura son los folletos que dejan los visitadores médicos), maderas en las paredes, techos altos, música clásica y de jazz de ambiente. Y había sitio para todos, pacientes y acompañantes, sin que nadie tuviera que quedarse de pie. Y unas enfermeras con chapitas con su nombre te llaman desde una esquina como en un susurro y no a voces (en algún ambulatorio podrías saber que es tu turno desde la misma calle, y en algún hospital se enteran de que te toca la radiografía hasta en las plantas). Dejan entrar contigo a un acompañante, y te tratan todo el tiempo de usted y por tu nombre. La documentación se entrega por duplicado, grapada, y en un sobre nuevo (no se reutilizan los de los resultados). Te explican las pruebas que te van haciendo, y si eres operable, la intervención con una maqueta grande de un ojo, en la que reproducen paso a paso en qué consiste.

Me he tirado dos horas de sitio a sitio: graduado, tensión ocular, tomografía, estudio de la cornea, dilatación de pupilas. Ha sido cómodo (bueno, las gotas en los ojos no, que picaban que jodían y me tienen cuando escribo esto todavía la vista muy borrosa y sensible a luz) y quizá por ello se me ha hecho corto. Me ha dado tiempo hasta de desayunar (José Manuel sabrá qué he tomado, porque yo sólo he visto un borrón en un plato).

Vamos, que se nota el esmero y la clase que llevan aparejados una factura de 4 cifras, y no esa dejadez que parece que tiene lo que está hecho con los impuestos (que son otra pasta, aunque parece como que no). Así que así da gusto gastar el dinero en la salud de cada uno, porque te cobran el servicio, pero te llevas la sensación de que el trato que te han dado (y espero que el resultado de la operación) lo vale.


Operación de ojos

21 octubre 2009

Seguramente, cuando muchos de vosotros estéis leyendo este post, yo estaré sentado en el sillón de paciente de una clínica de Bilbao pasando un examen para saber si puedo operarme de la vista y dejar de usar gafas. Alguna gente me ha preguntado por qué quiero dejar de llevar gafas, y mi respuesta siempre ha sido numérica: llevo 30 años usando lentes y estoy hasta las narices. Nunca he tenido gafas de sol. He comprado, sí, pero han dormido el sueño de los justos en un cajón porque usarlas era no enterarme de lo que pasaba a mi alrededor. Sin cristales correctores no distingo a la gente. Hace cuatro años, la víspera de la cita, una conocida médico me quitó la idea de operarme. Decía que faltaban resultados de éxito a medio y largo plazo para considerar segura la intervención. Esta vez, excepto a mi muy personal médico particular, no he consultado con nadie, y la decisión está tomada: si nada en el estado de mis ojos lo impide, pasarán por el laser y las gafas de pasta serán historia.

Deseadme suerte. Espero no echarme atrás cuando me cuenten en qué consiste la operación, de la que tendréis cumplida cuenta.


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