Lo que es volar en Air Nostrum, ¿eh?

30 julio 2009

Ayer descubrí que una de las diferencias entre el bussines class y el resto de mortales (los de los asientos estrechos) en los vuelos de Air Nostrum es que a ellos les ofrecen una toallita refrescante antes de poner el avión a andar. La verdad es que salvo que sea para reducir stock, no le veo razón práctica alguna a la merced, y como valor añadido de unos asientos por los que meten un señor puerro en el precio, es bien poca cosa. Me quedé dormido con el runrún de los motores de la antigualla de aparato nada más despegar, así que no puedo saber si finalmente el tintineo de tazas que se oía al fondo durante el recorrido hasta la cabecera de la pista era porque a los finolis de primera les iban a servir el té.

En morrallasclass te dan una bolsita de frutos secos. Antes había un amplio surtido de ellas que la azafata cacareaba como hacen los camareros con los postres en los restauranes de menú del día. Lo han cambiado, y la bolsita es única y lleva de todo un poco, más bien poco. También han cambiado los vasos. Ahora son de cartón, que tenía narices que antes los dieran de cristal al mismo tiempo que no te dejan subir a bordo con un cortaúñas o te ponen en pelotas como al pasar por el arco pites dos veces y lleves la camisa por fuera. Es muy bueno también ese servir agua de una botella de dos litros, sin hielo, como si del calor de horno que siempre hace en los aviones la botella fuera a estar exenta.

Por lo demás, el servicio en los aviones va a menos: ya sólo llevan una azafata y no ofrecen ni siquiera el Universal, un pasquín que edita Iberia y que lleva las noticias de ayer. No me quejo, pero por lo que cuestan los billetes un poco más de gracia podían darle al volar.


Los viejos también hace sudokus

29 julio 2009

He descubierto con terror que lo de hacer los crucigramas de los periódicos de los demás es también cosa de los viejos de Santander de Toda la Vida, esos que se pasean por el Paseo de Pereda (la Cañada Real que dice mi amiga Mónica) vestidos de balandristas de salón y agarrados al brazo de señoras uva-pasa con zapatos blancos y bolso a juego, vestidas de boda sea el día que sea. En una cafetería bien del Tontódromo (esto es cosa de algún otro amigo, no recuerdo cual, pero alguno pobre porque la acepción tiene mucho como de resentimiento), un viejales de pelo blanco se hizo del tirón el sudoku y el autodefinido en un Alerta del establecimiento. Malo me puse. Yo creo que hasta me quiso dar un telele como el de Sarkozy. Hasta comentaba la hazaña con su mujer, que sobada El País con interés de señora de López de la Ría y Martínez de la Casa (por ejemplo), imagino que para comentar con las compañeras de café, vaso de agua y tostada para cuatro, cinco horas en una terraza cualquier tarde.

Faltó esto (la vergüenza de montar un chocho en un local al que me gustaría poder seguir yendo) para espetarle (que suena a escupir las palabras) que por qué coño jodía un periódico que no era suyo, que dónde había dejado el respeto a lo ajeno, y que si no se había enterado de que se había muerto el General (ya, esto no viene mucho a cuento, pero en una discusión airada con un viejo queda muy aparente y le da un toque al follón muy de estos tiempos de solidaridad con la memoria histórica).

Me refrenó también bastante ver que el anciano llevaba mariconera de esas antiguas de piel. Se me desató la imaginación, y me vi al anciano sacando una pistola allí escondida y metiéndome dos tiros por haberle levantado la voz. Luego, cuando se me pasó ese momento neurótico, lo que me imaginé era que lo que en realidad llevaba en el bolsito eran las pastillas para el corazón, y que si le reñía me lo cargaba de un infarto. Al final, el cabrón del viejo se largó de rositas dejando el periódico arrugado y con los pasatiempos hechos, y a mi subido por las paredes. Voy a tener que dejar de fijarme.


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