Adios a la rubia (y al blanquecino)

26 junio 2009

Las ha entregado Michael Jackson, el rey del pop (y de la melanina deconstruida y de los chistes de mal gusto sobre niños y sexo). Pobre hombre. Tantos años clareándose la piel para al final ir a terminar apergaminándose a los 50 metido en una caja. Cuántas lágrimas  recorrerán las mejillas de sus fans (acompañadas de aullidos, desgarros de vestimentas y hasta desmayos de dolor). Y cuántos LP’s con las portadas más sobadas que un HOLA en la consulta de un dentista empezarán a aparecer en E’bay a la caza de coleccionistas de fetiches. Yo no tengo ninguno, y de tenerlo seguro que lo colgaba por ahí para hacerle unos euros. No soy partidario, que me decía el director de un gran centro comercial sobre mi afición por la música popular de Cantabria (antes de venderse a la miseria y quedarse junto a otros canallas con un concurso y un festival que no eran suyos, por cierto), así que me podría deshacer de cualquier cosa relacionada con este tipo, que seguro que era tan desagradable como parecía.

Ya es mala pata también que al tiempo que el deslavado este se haya muerto Farrah Fawcett-Majors, la rubiaza de Los Ángeles de Charlie. Esta señora sí que era un mito, y aquella serie de las de verdad de la buena. Cuántos talleres de coches habrá adornado el rostro de esta mujer de bandera, sola o en compañía de las otras dos intrépidas detectives. Y más allá de su relación hoy sí, hoy no, mañana quizá, con el crápula de Ryan O’Neal, con el que parece que iba a casarse (supongo que por dar paz a las almas en las puertas de la muerte), la buena  de Jill Monroe nunca provocó más escándalos que los que pudieran surgir en el seno de los matrimonios de los hombres perdidamente enamorados de sus ojos y que guardaban en secreto fotos suyas en la mesita de noche.

Total, que Michael (que no sé por qué seguía siendo una estrella después de muchos años sin grabar nada nuevo y de sus porno-movidas con niños) y Farra, han salido camino de la historia y de los especiales de periódicos y revistas. Ojalá se diviertan allá donde hayan ido (el Jackson al infierno seguro)


Los cursos de la UIMP

24 junio 2009

Que intelectual es todo en la UIMP. Todo rezuma categoría académica, y un huevo de pijerío universitario. Trajes azul marino y gris marengo (que son colores de terno de funcionario del grupo B), maletines de piel (aquí no dan esos bolsos de loneta con el título del evento impreso en blanco con tinta que se cae sola), ropas de verano, sonrisas, abrazos y apretones de manos. La gente se conoce, lo que me hace pensar o que los cursos se repiten año tras año y ya son una cita social ineludible, o que los ponentes y la mayoría de los alumnos en realidad se dedican durante el año a recorrer el mundo de curso en curso. O incluso que la gente que se mueve en estos entornos es así de fina y educada, y saluda siempre como si fueran aristócratas (que parecen una sola familia muy grande y muy bien avenida).

Los cursos tienen unos títulos muy rimbombantes, acordes con el plantel de profesores y alumnos. De esos que por mucho que lo intentes no te enteras de qué van hasta que no lees el programa completo. Y aún así, hay veces que ni papa. Tienen también al secretario general de la Universidad de inaugurador y clausurador de guardia. El hombre se arrastra de sala en sala, supongo que con un discurso estándar de gracias por venir y hasta la próxima. La verdad es que todo lo que dice son espacios comunes, sin olvidarse de hacer un llamamiento a aprovechar el entorno (la playa), el clima (en caso de que no llueva) y la gastronomía (el bebercio fundamentalmente). Un crack multiorquesta.

Este año han dado una carpeta de cartón y gomas, más barata que los cartapacios de otras ocasiones (en polipiel), pero igual de recurrentes y útiles. Sobra el boli, que escribe, cuando escribe, fatal, y lo del colgante con el carné, que jamás he visto que nadie verifique y lo único que hace es estorbar (y manchar los cuellos de camisas y camisetas). Ah, y que modernizaran su página para posibilitar el pago por pasarela o transferencia, que en lo administrativo se han quedado tan antiguos como el mobiliario del Palacio.


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