Me dan mucha pena esos hijos de madres pijas que los sacan a la calle disfrazados con ropas imposibles de hace dos siglos. Las niñas llevan vestidos de raso en tonos pálidos cargados de lazos enormes, chaquetillas de lana blanca y manoletinas de charol. A los niños les largan pantalones cortos de paño verde, chalecos y chaquetas a juego, medias altas y botas con borlones, también de charol. Se salvan sólo de los lazos. Esto que hacen las madres, que seguro que esconde alguna frustración infantil con las muñecas, debiera ser delito. No sólo porque hacen a sus chiquillos el hazmerreir de sus compañeros de clase y de sus vecinos del barrio, sino sobre todo porque les convierten en unos ridículos de por vida que acaban adornándose de mayores como si fueran árboles de navidad. Leer el resto de esta entrada »
Escrito por Victor Javier Cavia