Madrid de falso puente

Madrid está hasta arriba. Y hace un frío que pela. Los atascos a las 11 de la noche son como los de Santander a las 2 de la tarde en día de lluvia, monumentales. El alcalde ha puesto unas luces muy divertidas, de colores -el blanco solo es tan, tan triste-, simulando cascadas de agua -nada de churros de un rato para el paripé del encendido-, o en forma de cuadros. En Chueca simulan hojas de árboles y están colgadas haciendo como que caen. Muy divertido, muy moderno, nada provinciano ni pretencioso -ambas la verdad es que van unidas-, sin belenes ni ciervos ni tonterías. Claro que es Madrid y su alcalde Gallardón, un tío con miras que quiere una ciudad moderna, no sólo que lo parezca. Es como la diferencia entre querer cristal de Murano y conformarse con metacrilato del Todo a Cien. A veces ni con lo nunca visto de luz, sonido y agua se puede competir. Santander es metacrilato.

Aprovechando la celebración del aniversario de la Constitución, los republicanos se echaron el sábado a la calle y llenaron Puerta del Sol. Por supuesto que tienen derecho a expresarse, pero quizá les vendría bien modernizar un poco retórica y estética. La imagen dice mucho, y la que lucen estos grupos se ha ido quedando vieja. Ese estilo grunge de pasar de modas no hace falta para ir de antisistema. Ni tampoco hacer discursos de dos horas llenos de espacios comunes -que si el capital, la clase trabajadora, la explotación obrera, la banca sin escrupulos, el estado fascista, el yugo del ejército, la monarquía corrupta, el imperialismo yankie, …- que se llevan repitiendo desde hace decenios y no dicen nada ni nuevo. Que lo mismo siguen sirviendo dentro de treinta años y son válidos sin serlo para cualquiera que esté contra el sistema. Total, que se patearon Gran Vía, ondearon banderas, hicieron su discurso del siglo XIX, y para casa. El fin de fiesta fue rap, con un tipo en un escenario móvil -muy, muy austero- gritando eso tan sobado de “España mañana será republicana“.

También el sábado había aglomeración de gentes frente al Congreso esperando a que saliera algún conocido. Estuve por decir en alto que como se había suspendido el cocktail muchos diputados no habría, pero la vigilancia era considerable y lo mismo algún policía mal pensado creía entender que estaba yo llamando a sus señorías triperos, que para nada ¿eh? Un guardia se acercó a mentir con eso tan socorrido de “no queda nadie dentro”, supongo que para así disolver al personal y poderse ir a comer lo antes posible. Así que el único famoso que se pudo ver fue a uno de los reporteros de Caiga quién Caiga, que seguro fue mejor recuerdo que llevarse para muchos de los congregados que la imagen de algún miembro de tan alta institución con mala cara por no haber podido echar nada al buche después de toda una mañana en el parlamento sin hacer nada. Como todos los días, vamos.

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