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Cierro los comentarios

7 Febrero 2010

Desde hoy, mis entradas al blog no admiten comentarios. Un par de imbéciles escudados en el anonimáto tienen la culpa de que haya decidido cerrar mi página a mensajes externos. Mis amigos saben dónde encontrarme para darme sus opiniones sobre las mías, y el resto pues son eso, el resto.

Antes, mientras tuve algún cargo público, fui consciente de que aguantar las chorradas y los insultos de los inconsistentes mentales como estos dos que me han llevado a esta decisión iba en la responsabilidad. Pero ahora, el blog es parte de mi forma de divertirme, y ningún gilipollas, se llame Miguel o se llame José, me lo va a pringar con sus machadas de chulito tabernario. Faltaría más. Si tienen un par, también saben dónde encontrarme, que allí estaré esperando.

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#vjenbruselas

25 Enero 2010

Como muchos saben, soy un entusiasta de Twitter. Tuiteo cuanto puedo, y d todo. A través de mi twitter se puede seguir mi vida (la que yo quiero que se siga, por supuesto) al minuto. Es fácil haacerlo: www.twitter.com/victorjavier.

Mañana me voy hasta el jueves a Bruselas, a una Jornada de Trabajo de la Comunidad de Redes de Telecentros (una organización nacional de la que soy Secretario) en las Instituciones de la Unión (ver el programa). Y tengo la firme intención de contarlo todo (bueno, casi todo). He creado un tag para que sea fácil hacerlo: #vjenbruselas (basta ir a www.twitter.com y poner el tag en el buscador). Os animo a hacerlo. Seréis testigos directos e inmediatos de este viaje que hace tiempo quiero hacer.

Amigos/as, hasta la vuelta.

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Vivo de milagro

14 Enero 2010

La noche del lunes al martes la pasé en la apacible creencia de que se había hecho conmigo esa bacteria estomacal que ha tenido a mucha gente esta Navidad de la mesa del condumio a la taza del baño en apresurada carrera. Nauseas, vómitos, descomposición, más nauseas, más vómitos, más descomposición. Pero el martes, dos nuevos síntomas y la audacia de mi médico, que es como mi hermano y además me diagnostica por Facebook, me sacaron de la ilusión: ¡era un cólico de riñón, del izquierdo para más señas!

He creído morir. Jamás había tenido un dolor semejante. En Valdecilla, de tan mal que me debió ver una enfermera en la cola del común de los visitantes (recordadme que un día haga un post sobre el morro de la vieja que había decidido acudir allí en vez de al traumatólogo donde la había mandado su médico de familia porque no quería esperar no sé a qué, que ya le dijo el doctor de guardia que la fisura de su rodilla necesitaba tiempo para currar y que urgencias no eran la “purga de Benito”) que me tumbó en una camilla y me metió del tacón a la consulta. En el box (los pasillos son interminables y muy justos, aunque los enfermeros se las apañan de madre para no chocar con nada -eso sí, ya te advierten que dejes las manos por dentro, no sea que vuelvas a casa con menos dedos-) me dio una especie de ataque espasmódico que me contrajo los músculos de las piernas hasta convertírmelas en un nudo, y casi no pude ni desvestirme (que te tengan que desnudar con 40 años -fuera de un rifirrafe amatorio, claro- me resultó tan vergonzante como implorarle a la enfermera que me diera algo cual vulgar drogodependiente en pleno mono).

Me cogieron una vía en la muñeca (es decir, me clavaron una aguja del 22 sin misericordia, que ciertamente no sé si es mucho o poco, ni siquiera a qué se refiere el guarismo), enchufaron una botella con líquidos y en diez minutos pasé del horror más absoluto a no sentir nada. El doctor no sé quién (no se entiende su nombre en el informe, como tampoco los productos que me inyectaron, ni el resultado de las analíticas, ni nada salvo mis datos de filiación y porque van en una etiqueta mecanizada) me dijo para despedirme que en la radiografía se había visto, efectivamente, un cálculo que ya estaba camino de la vejiga y que no me costaría nada expulsar (por su madre espero haberlo hecho ya sin enterarme, porque con que hacerlo conscientemente duela la mitad que la excursión por el riñón, habré de buscarlo para darle muerte antes de hacerlo yo). Ahora debo tomar dos pastillas cada 8 horas y beber litros y litros de agua.

He leído en Wikipedia (bueno, también me lo dijeron las enfermeras nada más llegar y antes de darme la magia intravenosa, las cabronas) que el dolor de un cólico renal es peor que el del parto. Pues si es así, acompaño en el sentimiento a las mujeres al tiempo que me alegro infinito de haber nacido varón y no tener que pasar por la experiencia.

(PD. El taxista que nos llevó al hospital me indicó exactamente el tratamiento que me iban a poner e hizo unas estimación de lo más certera del tiempo que debería estar allí metido)

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El día de la asistenta

5 Enero 2010

No me gusta estar cuando la asistenta me limpia la casa. Una vez me quedé, tumbado en la cama, leyendo, pero me dio tal ataque de ansiedad que me tuve que marchar. Ella se pone música con auriculares y canturrea las canciones mientras trabaja, pero no fue eso lo que me llevó a la ruina emocional momentánea. Fueron los golpes. Con cada uno se me desbordaba la imaginación pensando qué me había roto con el plumero, y se me escapaba un trozo de vida por la boca. Al final, la concentración de adrenalina en sangre era tal que o me vestía y huía, o me daba un infarto. Me fui con sudores y taquicardia, pero sonriendo por si notaba que a poco más hubiera sido la responsable de un ictus. Desde ese día, le he cogido pánico al día de la asistenta, y procuro no cruzarme con ella ni en la escalera. Luego es verdad que desde que viene por casa, sólo ha roto una cosa, que ni me acuerdo qué fue, y que me llamó toda azorada para contármelo. Pero así y todo, yo sufro mucho y prefiero enterarme de lo que sea cuando vuelvo del exilio.

Ayer lunes tocaba, y a las cinco menos cuarto como un clavo me expatriaba de mi casa y me tiraba a pasear (apunte: antes me pasé a recoger mi coche y acoquinar los 34 euros de una bocina nueva, que durará -según me dijo el muchacho del taller- hasta que otra mojadura se cargue algo llamado “membrana”, porque Citröen le ha dejado hueco en un sitio que es más o menos el centro del Tajo si le da por caerle agua). Y después de tres horas y media bajo el frío, con los pies cuatro números más grandes y los riñones “al Jerez”, decidí que me voy a cagar en la madre que parió a la idea que tuve al contratar a esta asistenta en concreto y dar por bueno el horario que me propuso. Como no hay solución, el exilio cada vez que toca limpiar es obligado, igual que los rezos porque al regresar las pocas cosas que atesoro sigan enteras.